Opinión | EL AULA DEL REVÉS
Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza
ALBERTO QUÍLEZ ROBRES
La metamorfosis del maestro
El pasado 8 de julio, en el campus de la Fundación Ibercaja de Zaragoza, una joven de diecinueve años estrenó su vida institucional. La infanta Sofía eligió, para su primer discurso en público, defender a los maestros: dijo que la suya es una de las mejores profesiones del mundo y que merece respeto, recursos y reconocimiento. No es un detalle menor que la Corona escogiera esta causa -y esta ciudad- para el debut de su miembro más joven. Es un síntoma, y hoy en día no se da puntada sin hilo. Cuando una institución con siglos de espalda siente la necesidad de recordarnos que hay que dignificar al docente, es porque en algún momento del camino dejamos de hacerlo solos.
Conviene volver al origen. Maestro viene del latín magister: el adverbio magis, «más», y un sufijo de contraste. Literalmente, «el que más». Durante siglos, la palabra hizo honor a su etimología. En la España rural del siglo XX, el maestro formaba, junto al cura y al médico, la trinidad intelectual del pueblo. Su palabra pesaba, su firma abría puertas y su autoridad no se discutía. Tenía, además, una ventaja competitiva formidable: el monopolio del saber en un mundo donde los libros no estaban al alcance de la mano y la información, un bien escaso que se administraba desde la tarima. Nadie discutía al maestro por la misma razón por la que nadie discutía al farmacéutico: era el único que tenía el remedio. Pero, ese mundo se ha esfumado. Hoy cualquier alumno de doce años lleva en el bolsillo más información de la que aquel maestro acumuló en toda su vida.
El monopolio ha caído, y con él, el viejo oficio de transmitir datos. Lo que no ha caído -lo que se ha vuelto más urgente que nunca- es el oficio de enseñar a distinguirlos, porque nunca hubo tanta información disponible ni tan poca digerida. El docente actual ya no es el faro que emite: es la brújula que orienta. Se le pide que enseñe a separar la verdad del bulo y esto es especialmente curioso cuando se supone que el ser humano viene programado para dos cuestiones muy claras: mentir e identificar la mentira. Parece que la segunda ha entrado en crisis al mismo tiempo en el que el exceso de información ya no muestra verdades ni razones. Por otro lado, también se le exige al docente que despierte criterio propio en cerebros bombardeados por la gratificación instantánea, y que sostenga emocionalmente aulas de una diversidad que ningún manual de los años ochenta llegó a imaginar.
Quien firma esto dio clase en Primaria antes de llegar a la universidad, y puede dar fe de que la metamorfosis no ha sido indolora. El maestro de antes contaba con un respaldo social muy fuerte; el de ahora convive con el cuestionamiento permanente de algunas familias, con una burocracia que devora las tardes y con la sensación de competir con la digitalización. Parece que el maestro y la pizarra han perdido protagonismo para sus veinticinco adolescentes y cincuenta y cinco minutos de clase.
La propia infanta, en su discurso, puso nombres en la lista: acoso escolar, pérdida de autoridad, abandono, papeleo, financiación insuficiente. Que una joven de diecinueve años enumere claramente algunos males del sistema dice mucho. Pero que hiciera falta que los enumerara dice bastante de nosotros como sociedad.
Los grandes pensadores ya intuyeron este cambio de piel. Platón imaginaba al maestro como guía en el ascenso desde las sombras hacia la luz, no como repartidor de certezas. Y Paulo Freire lo remató siglos después al desmontar la «educación bancaria»: enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las condiciones para que el otro lo produzca. George Steiner añadía un aviso que debería figurar en la puerta de cada facultad de Magisterio: una mala enseñanza es, literalmente, un asesinato del alma. Aunque quizá el aviso más certero lo dio la neurociencia sin proponérselo: la memoria de trabajo olvida los datos, pero la amígdala no olvida jamás a quien nos hizo sentir capaces.
Hubo algo precioso en la escena de Zaragoza: 478 candidaturas de docentes de toda España aspiraban a esas ayudas, y solo cinco fueron premiados. Los otros 473 volverán a sus aulas en septiembre igual que siempre, a hacer exactamente lo mismo por lo que premiaron a los otros. Ahí sigue viviendo la etimología. Porque el maestro sigue siendo «el que más», solo que hemos tardado un siglo en entender el genitivo: no el que más sabe, sino el que más deja.
Más huella, más curiosidad, más ganas de volver mañana. Puede que los avances tecnológicos permitan hacer preguntas mejor que nosotros, pero jamás podrán mirar a un niño a los ojos y convencerle de que él también puede ser el que más.
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