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Opinión

Zaragoza

Mientras España jugaba

Sería un error despreciar el valor de las pocas ocasiones en las que un país comparte una alegría sin preguntarse antes a quién vota quien tiene al lado

Hay días en los que el calendario establece relaciones que solo se comprenden con el paso del tiempo. España volvió a clasificarse para una final del Mundial el mismo día en que un derrame ocular me obligaba a leer menos, escribir despacio y descubrir que la paciencia sigue siendo un tratamiento sorprendentemente eficaz. No fue tanto el partido lo que me llevó hacia atrás sino la fecha. La primera vez que España ganó un Mundial nació mi hija. Nunca he sido una gran aficionada al fútbol, pero esa fecha histórica para muchos resultó para mí el comienzo de otra historia de esas particulares, pequeñas que sumamos todos.

Dieciséis años después, esa niña juega al fútbol, es su pasión, como tantas de su generación para las que el balón ya no entiende de géneros ni de excepciones.

El tiempo tiene una manera peculiar de cerrar círculos. Lo que entonces era una retransmisión escuchada casi de fondo se ha convertido hoy en una conversación habitual entre una madre que sigue sin ser futbolera y una hija que encuentra en el deporte gran parte de su vida. Quizá por eso la victoria de España tuvo algo más que un significado deportivo. Llegó en uno de esos veranos en los que la actualidad parece empeñada en confirmar que el ruido siempre encuentra un nuevo motivo para crecer. Sentencias que reabren trincheras políticas, dirigentes incapaces de rebajar el tono, incendios favorecidos por un calor cada vez más extremo y una sucesión de titulares que alimentan la sensación de fatiga pública.

Sería ingenuo pensar que un triunfo deportivo modifica esa realidad. Hoy los problemas siguen exactamente donde estaban ayer. Pero también sería un error despreciar el valor de las pocas ocasiones en las que un país comparte una alegría sin preguntarse antes a quién vota quien tiene al lado.

No ocurre con frecuencia. Quizá por eso conviene detenerse un instante cuando sucede. No porque el deporte resuelva los conflictos sino porque recuerda algo que la conversación pública parece haber olvidado, la existencia de una comunidad hecha de emociones compartidas, de recuerdos que atraviesan generaciones y de pequeñas coincidencias que nos reconcilian, aunque solo sea durante noventa minutos, con la idea de pertenecer a un mismo lugar.

Mientras España jugaba, pensé que entre aquella noche en la que nació mi hija y esta otra semifinal solo habían transcurrido dieciséis años. Y, sin embargo, en ese breve intervalo cabía una revolución entera. No solo a través de las grandes reformas o elocuentes discursos, sino por esos cambios silenciosos que un día dejan de ser extraordinarios para convertirse en normales.

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