Opinión
Julio de 1936
A las cinco y media de la madrugada del 18 de julio, desde Santa Cruz de Tenerife, Franco decretó el estado de guerra en Canarias
El 18 de julio de 1936, en la mayoría de los periódicos que aparecieron publicados en España, había que llegar hasta las páginas de interior para encontrar la noticia que daba cuenta de la sublevación militar que el día anterior (17 de julio) había tenido lugar en el Protectorado español de Marruecos y en las plazas de soberanía española de Ceuta y Melilla: «En Marruecos estalla un movimiento contra el Gobierno, que éste declara haber reducido».
Así mismo, la prensa informaba de que el Gobierno había detenido a varios militares de alta graduación y que la Policía había incautado un avión extranjero que, procedente de Francia, había aterrizado en el aeropuerto burgalés de Gamonal, a bordo del cual viajaba Antonio de Lizarza Iribarren, uno de los principales jefes de los carlistas en Pamplona, implicados en el golpe contra la República.
Se comunicaba, además, que las autoridades pensaban que ese avión iba a ser utilizado por los rebeldes para internar en España al cabecilla que habría de ponerse al frente del levantamiento militar. Una referencia, sin citarlo, al general José Sanjurjo Sacanell quien, efectivamente, con la misión de encabezar a los insurrectos, el 20 de julio de 1936 subió a bordo de una avioneta en el aeropuerto portugués de Cascaes, la cual se estrelló al poco de despegar, causando la muerte del general golpista.
Parece, por lo tanto, que los servicios de información del Gobierno de la República estaban al tanto de que se iba a producir un golpe de estado, pero quedó en evidencia que no tuvieron acceso a todos los detalles del mismo, pues el verdadero avión de la insurrección militar fue un De Havilland DH.89 Dragon Rapide, en el que (en la mañana del 19 de julio) viajó desde Canarias hasta Tetuán, para ponerse al frente del ejército sublevado, el cerebro en la sombra de la rebelión: el general Francisco Franco.
Un día antes, el subsecretario de Gobernación, Bibiano Fernández Osorio, había transmitido por radio un mensaje de tranquilidad a toda España: «El Gobierno de la República no quiere ocultar al país que, en parte de nuestro Protectorado de Marruecos, algunos núcleos militares, olvidando sus compromisos con la Patria y el honor de su uniforme, se han levantado en armas contra el Gobierno. Pero en estos momentos, las fuerzas leales a la República se disponen, de una forma rápida y fulminante, a reducir a los rebeldes».
No obstante, ese mismo 18 de julio y pese al llamamiento a la calma del Gobierno de la República (presidida por el socialista Manuel Azaña), el diario de la noche, Claridad –que representaba al ala más izquierdista del PSOE, liderada por Francisco Largo Caballero– llamaba a la movilización: «Como un solo hombre, en defensa del Frente Popular y de la revolución democrática. Movilizaos ya para aplastar a los criminales que se han alzado en armas contra el Régimen. Contra el fascismo, camaradas. ¡Victoria o muerte! ¡En pie: al combate!».
Sin duda, la redacción de Claridad tenía conocimiento de que, a las cinco y media de la madrugada del 18 de julio, desde Santa Cruz de Tenerife, Franco había decretado el estado de guerra en Canarias, plaza de la que era comandante general. Su bando, con el título de ¡Españoles! finalizaba de manera sorprendente: «Haremos reales en nuestra Patria y por primera vez y por este orden, la trilogía: fraternidad, libertad e igualdad» [sic]. Y no menos sorprendente fue otro bando que radió Franco, el 20 de julio, desde Tetuán, el cual finalizaba con un «¡Viva España! Y ¡Viva la República!» [sic].
El 18 de julio, el general Emilio Mola Vidal (el «director» de la sublevación) había declarado el estado de guerra en Navarra, Miguel Cabanellas en Aragón, Queipo de Llano en Sevilla y el general Aranda en Oviedo y Gijón. Y en una secuencia en cascada, otros generales golpistas hacían lo propio en distintas provincias de su jurisdicción militar.
El Gobierno de la República, sin embargo, no decretaría el estado de guerra hasta el 23 de enero de 1939, cuando habían transcurrido dos años y medio de lucha fratricida. Tres días después, Barcelona, penúltimo baluarte de la República, era tomada por Franco, quien el 1 de abril firmaba su último parte de guerra.
Había llegado la victoria, pero no la paz.
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