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Opinión | CON SENTIDO/SIN SENTIDO

El fútbol como síntoma

El fútbol es un deporte maravilloso visto desde un punto de vista técnico, táctico y atlético. Su origen, con múltiples versiones, está presente en casi todas las grandes culturas desde la Antigüedad, aunque ha devenido un apetitoso espectáculo global utilizado por el mundo de los negocios y de la política en la era digital. Es habitual que la Copa del Mundo sirva a los países que la organizan como carta de presentación ante las otras naciones de su progreso y pericia: España quiso oficiar como país democrático en 1982, Sudáfrica en 2010 como líder africano, o Brasil de potencia emergente en el 2014. Mucho antes, Mussolini, en la edición de 1934 ganada por la anfitriona Italia, pudo divulgar el atractivo poderío del fascismo.

Y es que los políticos no desaprovechan la fascinación popular del show futbolístico, bien para promocionarse, bien para lavar sus miserias – sportwashing-, como hizo la feroz dictadura argentina en el mundial que manoseó en 1978; salvando las sangrientas distancias, algo parecido pretendieron regímenes poco democráticos como la Rusia de Putin en 2018 o la petromonarquía catarí en la pasada Copa del Mundo invernal. La de 2026 no iba a ser diferente, habiendo dado ya muestras Trump de su capacidad de meter la zarpa para imponer arbitrarias peticiones a su amiguísimo Infantino, presidente de la todopoderosa FIFA.

El balompié, como fenómeno sociológico, refleja también las peculiaridades de nuestra especie que, según Juan Antonio Marina, son la credulidad, el gregarismo y la agresividad. Esas «tres (des)gracias» son catalizadas por el patriotismo hincha que no pocas veces acaba en conflicto. En paralelo, es espejo de nuestra sociedad, inexorablemente multicultural en el caso de Europa, como ya demostrara el equipo blanco-negro-árabe de la selección francesa, capitaneada por Zidane, que en 1998 alzó la copa dorada en su propia casa.

También la actual Roja triunfante luce multiculturalismo, pese a que eso pueda molestar a Rajoy y a los españoles mucho «ezpañoles». Este mundial ha demostrado que ese rasgo es ya universal y que el citado expresidente es un prototipo de nuestro «cuñadismo» más rancio. En un mundo sin épica -las guerras ya son videojuegos pilotados por la IA-, el deporte rey la encarna entre las masas galvanizadas por unos medios digitales que llevan esas hazañas al último rincón del planeta. No se puede vivir sin épica, y los depredadores del negocio y de la política lo saben y explotan, cada vez más, el provechoso circo. A pesar de todo, siempre nos quedará el fútbol… y la épica.

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