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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Tarteso

Las fuentes clásicas citaron Tarteso con la ambigüedad de un territorio envuelto en la bruma de la leyenda, pero con visos de haber existido en algún lugar del sur de la península ibérica. Mucho más recientemente, los descubrimientos arqueológicos del XIX y del XX permitieron ir dibujando el mapa de una civilización pre-romana que bien pudo coincidir con la colonización fenicia de las costas del sur peninsular, entre Almería y Huelva. La desembocadura del Guadalquivir y enclaves de la vega del Guadiana asimismo pudieron haber sido feudos o castros tributarios del legendario rey Argantonio.

Los tesoros hallados en Aliseda o en El Carambolo y los yacimientos habitacionales de Cerro Roano o Tejada la Vieja, entre otros poblados, sostienen la existencia de una civilización compleja, que conocía la explotación y uso de los metales, y que posiblemente incorporó de los navegantes fenicios el alfabeto y el culto a Baal y Astarté.

Ahora, un nuevo ensayo de los profesores del CSIC y destacados arqueólogos Sebastián Celestino Pérez y Esther Rodríguez González –Tarteso (Espasa)– viene a resumir lo averiguado hasta la fecha sobre este misterio del pasado hispánico y a proponer nuevas claves de interpretación. Celestino Pérez ha dirigido excavaciones en Cancho Roano, supervisando en la actualidad las de Casas del Turuñuelo, trabajo que comparte con Rodríguez González.

En Tarteso, ambos investigadores arrancan recordándonos las fuentes clásicas. Sin olvidar al bilbilitano Marcial, que hablaba de una «Córdoba, tierra de Tarteso», Avieno, Estrabón, Heródoto y Plinio el Viejo citaron una Tartessos (denominación de origen griego), en relación con las Columnas de Hércules, y vagamente con aquella Atlántida emergida o sumergida allende el océano. Tarteso bien pudo emprender su andadura histórica allá por el siglo VIII antes de nuestra era, entre Huelva y el Guadalquivir (de hecho, si estos arqueólogos tuvieran que identificar Tarteso con un punto concreto lo harían con Huelva). Los yacimientos de Cerro Borreguero o Cancho Roano nos han reportado actividad fabril ya en el siglo VII a. C. En Casas del Turuñuelo, por esa época, se tallaron las famosas «caras», bellos altorrelieves en piedra de dioses o ciudadanos desconocidos, con un cierto aire oriental en sus rasgos faciales.

Para conocer mucho mejor a nuestros antepasados tartésicos...

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