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Opinión

Córdoba y Zaragoza

Cuando escribo este artículo me encuentro en Córdoba, mi ciudad natal. Llevo cuarenta y siete años viniendo desde Zaragoza y nunca he faltado a esta cita. Hay algo misterioso unido al paso del tiempo, algo hermoso que ha tejido una profunda conexión entre estas dos ciudades y entre estas dos provincias. Córdoba siempre me interpela en cada uno de los lugares que siempre visito: la antigua Maternidad y Casa de Expósitos, donde nací y viví hasta los dos años; la Mezquita, donde, paradojas de la vida, fui bautizado en una de sus capillas; Almodóvar del Río, el pueblo blanco que se extiende sobre un cerro coronado por un imponente un castillo medieval y donde viví hasta los cinco años; y el cortijo La Reina, mi hogar desde los cinco hasta los diecinueve. Allí aprendí leer y a escribir en una escuela unitaria, allí jugué entre el río, la maleza y los campos de cultivo; allí también aprendí el valor del trabajo como jornalero desde los doce años en las escardas, los aclareos y las recolecciones de algodón, remolacha y maíz.

Un día de enero, tras cumplir el servicio militar, emprendí el camino hacia Épila con una maleta llena de sueños. En este pueblo hacía poco tiempo que se había cerrado la fábrica azucarera, y los agricultores dejaron de cultivar la remolacha. Desde entonces, con apenas veintitrés años, mi vida quedó repartida entre dos ciudades, Córdoba y Zaragoza; entre dos pueblos, Almodóvar del Río y Épila; y en un núcleo agrario y rural que forjó buena parte de mi personalidad: el cortijo La Reina.

Estas son mis patrias, unidas estrechamente en mi corazón. En Córdoba, Almodóvar del Río y el cortijo La Reina viví mis años de infancia y primera juventud, al abrigo del Guadalquivir, donde recibí las primeras experiencias vitales y emocionales, donde aprendí a convivir con las luces y las sombras. En Zaragoza y Épila mi vida ha ido madurando junto al serpenteante y paciente Jalón, al legendario Ebro y al indómito y gélido cierzo, rodeado de personas cuyo carácter es de una gran nobleza, franqueza y tenacidad.

Volver a Córdoba es reencontrarme con mis primeras raíces en una ciudad con muchos siglos de historia. Aquí paseo sin prisa por las calles silenciosas del casco antiguo, admiro sus iglesias románicas, góticas y mudéjares, escucho el murmullo de sus innumerables fuentes, percibo la herencia andalusí y el aroma del azahar y del jazmín que embriagan los sentidos. Contemplo, fascinado, la belleza de los patios cordobeses, donde geranios, gitanillas, claveles, rosas, petunias, buganvillas y hortensias convierten cada rincón en un estallido de color.

Cada vez que regreso a Córdoba siento también la presencia de las tres culturas que dejaron aquí una huella imborrable, las mismas que también florecieron en Zaragoza. Durante siglos supieron convivir y legaron al mundo extraordinarios avances científicos, médicos, agrarios, filosóficos y artísticos. En aquella época, Córdoba dio figuras universales como Séneca, Maimónides y Averroes; y Zaragoza: el bilbilitano Marco Valerio Marcial, Avempace y Abraham Abulafia. Hoy ambas ciudades continúan escribiendo su historia. Zaragoza se ha convertido en uno de los grandes motores logísticos e industriales del sur de Europa y sigue proyectando al mundo el legado de Goya, Baltasar Gracián y Luis Buñuel. Córdoba, por su parte, destaca por su riqueza agroalimentaria, por su aceite de oliva, por su extraordinaria gastronomía y por ser un referente universal de convivencia, poesía, filosofía y arte hispanomusulmán.

No me puedo olvidar de dos iconos insustituibles en ambas ciudades: el arcángel San Rafael, custodio y protector de Córdoba. La devoción que le profesan los cordobeses queda reflejada en los numerosos Triunfos dedicados a su figura, así como en la multitud de personas que llevan su nombre. La Virgen del Pilar es el corazón espiritual, cultural y social, el símbolo máximo de identidad de los zaragozanos y aragoneses.

La escritura posee el don de crear vidas, lugares y emociones. Mientras escribía estas líneas he comprendido que nunca dejé Córdoba cuando me marché de ella, ni he dejado Zaragoza desde que llegó a formar parte de mi vida. Ambas viven en mí y ambas han hecho la persona que soy. Si estas palabras consiguen despertar en el lector una emoción semejante a la que yo he sentido al escribirlas, este artículo habrá cumplido plenamente su propósito. 

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