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Opinión

Llegamos tarde a los refugios climáticos

Cada verano inauguramos una nueva temporada de récords. Récord de temperatura máxima, de noches tropicales, de noches ecuatoriales, de emisiones de efecto invernadero y, por desgracia, también de personas vulnerables afectadas por el calor extremo.

Mientras tanto, seguimos hablando de refugios climáticos.

Que nadie me malinterprete. Los refugios climáticos son necesarios. Lo son los árboles, las sombras, las cubiertas vegetales, los patios escolares adaptados, las fuentes públicas y la renaturalización de las ciudades. Todo esto ayuda. Todo salva vidas.

Pero cada vez me asalta más una pregunta incómoda: ¿y si llegamos tarde?

Llevamos décadas escuchando a la comunidad científica advertir de las consecuencias de emitir gases de efecto invernadero como si la atmósfera fuera un vertedero gratuito. Décadas. No meses. No años. Décadas.

También llevamos años escuchando hablar del famoso límite de 1,5 grados de calentamiento global. Una cifra que se presentó como una frontera de seguridad y que hoy observamos alejarse en el retrovisor mientras seguimos aumentando las emisiones mundiales año tras año.

La paradoja es fascinante. Sabemos lo que ocurre. Sabemos por qué ocurre. Sabemos cómo evitar que empeore. Y, aun así, seguimos avanzando en dirección contraria con una admirable constancia. Por eso me pregunto si no deberíamos empezar a hablar de algo más que refugios climáticos. Quizá deberíamos empezar a hablar, aunque sea de forma preventiva, de refugiados climáticos.

No me refiero a quienes ya hoy se ven obligados a abandonar regiones del planeta por sequías, inundaciones o fenómenos extremos. Hablo de nosotros. De los españoles. De los aragoneses. De los mañicos y mañicas.

Porque si realmente creemos que todavía estamos a tiempo de estabilizar el clima, adelante. Reduzcamos emisiones con valentía, transformemos el modelo económico, energético y apostemos por ciudades verdes. Pongamos todos los recursos y alianzas a ello.

Pero si observamos las tendencias actuales y reconocemos honestamente que no vamos por el camino adecuado, quizá también deberíamos empezar a contemplar planes alternativos.

¿Existe algún ministerio trabajando en acuerdos migratorios con Noruega? ¿Estamos negociando parcelas para asentamientos agrícolas en Escocia? ¿Hay conversaciones discretas con Finlandia para reservar algunos bosques donde pasar agosto sin riesgo de combustión espontánea?

Las pregunta parecen absurdas. Y precisamente por eso resultan muy útiles.

Porque nos obliga a pensar hasta qué punto nos tomamos en serio nuestras propias previsiones.

Si realmente creemos que grandes zonas del planeta serán cada vez más difíciles de habitar, la adaptación no puede consistir únicamente en plantar algunos árboles más o abrir bibliotecas climatizadas durante las olas de calor. La adaptación exige mirar varias décadas hacia delante y hacerse preguntas incómodas.

Los seres humanos siempre hemos migrado cuando las condiciones ambientales y sociales se volvieron hostiles. No hay nada extraño en ello. Lo extraño sería pensar que los habitantes de la Península Ibérica están a salvo del cambio climático.

Quizá algún día España tenga que negociar corredores climáticos igual que hoy negocia acuerdos comerciales. Quizá nuestros nietos elijan destino de residencia atendiendo a mapas de temperatura media anual y disponibilidad de agua. Quizá el concepto de «vacaciones al norte» deje de ser turismo y pase a ser ensayo general.

Y, quién sabe, tal vez el reciente éxito de nuestra selección de fútbol masculina nacional ayude. Si algún día tenemos que solicitar asilo climático en otros países, siempre podremos alegar que llevamos décadas contribuyendo al espectáculo futbolístico mundial. No parece un argumento especialmente sólido, pero tampoco lo parecía que el planeta siguiera calentándose después de tantos avisos científicos.

La buena noticia es que todavía hay margen para actuar.

La adaptación es imprescindible, pero no debe convertirse en una excusa para renunciar a la mitigación.

Ojalá dentro de unas décadas podamos releer estas líneas y reírnos de lo exageradas que parecían. Significará que reaccionamos a tiempo. Pero si no lo hacemos, quizá la pregunta no sea dónde construir más refugios climáticos. Quizá la pregunta sea dónde encontraremos refugio fuera de nuestras fronteras.

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