Opinión

Especialista en gestión de talento
El futuro no venía en el folleto
Hay frases que en España se repiten con una fe admirable. Y luego está esa joya intergeneracional que millones de personas han escuchado en una comida familiar, una tutoría académica o mientras rellenaban una solicitud universitaria con el mismo nivel de claridad vocacional con el que uno elige detergente en un supermercado: «Tú estudia algo que tenga salidas». Maravilloso concepto.
Como si el mercado laboral fuese una ciencia exacta e inmóvil. Como si existiera un oráculo capaz de garantizar qué profesiones seguirán siendo demandadas dentro de diez años. Porque claro... todos anticipamos perfectamente el auge de especialistas en datos, ciberseguridad, sostenibilidad o determinadas profesiones digitales que hace no tanto apenas estaban en el radar.
Espóiler, incómodo: el mercado laboral cambia a una velocidad muy superior a la capacidad predictiva de muchos expertos improvisados.
Y, sin embargo, seguimos colocando sobre personas de 17 o 18 años una presión fascinante: elegir algo para toda la vida cuando ni siquiera tienen claro quiénes son, cómo trabajan o qué entorno profesional les encaja.
Porque esta es otra verdad poco glamurosa: a los 18 años mucha gente no tiene clara su vocación. Y no pasa nada. Diversos estudios muestran que una parte relevante del alumnado universitario o de formación profesional cambia de carrera, abandona estudios o reorienta itinerarios. Traducido al castellano cotidiano: muchísima gente descubre, una vez dentro, que aquello que parecía apasionante... luego no encaja tanto con la realidad. Qué sorpresa.
Porque existe un pequeño detalle del que hablamos poco: la única forma razonablemente fiable de saber si algo te gusta suele ser probarlo.
Y ahí tenemos otro problema: seguimos explicando estudios y profesiones con una visión demasiado abstracta y poco práctica.
«Mucha empleabilidad». «Perfil multidisciplinar». «Amplias oportunidades profesionales». Perfecto. Ahora tradúcemelo a idioma humano.
¿Qué hace realmente alguien que estudia eso un martes cualquiera? ¿Qué problemas resuelve? ¿Qué partes entusiasman y cuáles agotan? Además, solemos olvidar algo importante: estudiar algo no te condena automáticamente a dedicarte a eso hasta tu jubilación.
La vida profesional real suele ser bastante menos lineal.
Hay personas que estudiaron Derecho y terminaron liderando equipos comerciales. Ingenieros en recursos humanos. Filólogos en marketing digital. Graduados convencidos de haber encontrado «su camino definitivo»... hasta descubrir años después otro distinto.
Porque después llegan cursos, experiencias, empresas, casualidades, intereses nuevos y descubrimientos inesperados. Y sí, también influye muchísimo la empresa concreta. Porque cuando alguien dice «esto no me gusta», conviene preguntarse: ¿no te gusta el trabajo... o no te gusta esa empresa, ese jefe, ese sector o esas condiciones?
No siempre es lo mismo. Por eso resulta tan peligrosa la obsesión colectiva por buscar únicamente «lo que tiene salidas». Primero, porque nadie posee una bola de cristal laboral homologada por Bruselas. Segundo, porque estudiar algo que detestas por pura promesa de empleabilidad tampoco garantiza precisamente una vida profesional maravillosa. Y tercero, porque hemos normalizado demasiado poco algo enormemente saludable: cambiar de opinión.
Cambiar de estudios. Cambiar de sector. Cambiar de rumbo.
Nunca es demasiado tarde para aprender, complementar, reinventarse o descubrir que aquello que creías definitivo quizá solo era una estación intermedia.
¿Cómo evitarlo? Trabajando mejor la orientación académica y profesional, con más contacto real con empresas, profesionales, experiencias prácticas y conversaciones menos idealizadas sobre el trabajo.
También ayudaría normalizar algo bastante humano: no tenerlo claro.
Porque quizá el objetivo no debería ser encontrar a los 18 años «la decisión perfecta para siempre», sino tomar una decisión razonablemente informada, sabiendo que podrá ajustarse, complementarse o cambiarse por el camino. Y quizá ahí reside la reflexión final. No estudies exclusivamente algo porque hoy «tiene salidas».
Busca algo que te despierte curiosidad, interés o ganas razonables de seguir explorando. Después prueba, equivócate, complementa, cambia, aprende y reajusta si hace falta.
Porque nada obliga a acertar para siempre a los 18 años.
Pero pasar décadas viviendo una vida profesional elegida únicamente por miedo a equivocarse... eso sí suele salir bastante caro
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