Opinión
Europa resiste los aranceles
Donald Trump ha vuelto a la carga con nuevos aranceles del 10% a ochenta países, entre ellos todos los de la Unión Europea, cuando vencía el acuerdo firmado hace un año, en un campo de golf escocés, con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, con la intención de rebajar el déficit comercial que la UE tiene con Estados Unidos. Aquel acuerdo, conocido como el Pacto de Turnberry, fijaba un techo arancelario del 15% y fue recibido en muchos países como una concesión a las pretensiones norteamericanas. Sin embargo, el año transcurrido desde entonces ha demostrado que sus efectos no fueron tan perjudiciales como se temió en un primer momento. Ello hace pensar a los líderes comunitarios que, pese a unas formas unilaterales que no son propias de una auténtica negociación comercial, los nuevos aranceles impuestos por Trump a partir de esta semana no van a suponer una lesión mayor para las economías europeas, al ser inferiores al techo del 15%. Por otra parte, como ya sucedió con el Pacto de Turnberry, tienen la virtud de fijar un marco de cierta estabilidad, que es lo que demandan los mercados y la estrategia de las empresas que comercian con EEUU.
Algunos analistas destacan incluso la circunstancia de que la guerra comercial desencadenada por Trump ha sido un tiro en el pie de la economía norteamericana. Efectivamente, si bien permitirán una reducción del déficit federal de alrededor de casi tres billones de euros, en un periodo de 10 años, se calcula que puedan reducir en un 0,6% el crecimiento del PIB y pueden suponer un aumento de la inflación prevista de casi medio punto. Pueden tener también un efecto bumerán sobre el empleo. Datos macroeconómicos que, unidos a las consecuencias de la guerra de Irán, pueden tener una lectura negativa por parte del electorado norteamericano en vísperas de las elecciones de noviembre.
Hasta ahora, los aranceles impuestos por Trump le han permitido a la UE mantener la cuota del 14% que tiene en el mercado norteamericano. El Banco Central Europeo (BCE) calcula en medio punto su impacto sobre el PIB continental. Con países como Alemania más afectados, y España uno de los que menos, en torno a una décima. En consecuencia, resulta difícil entender una política errática y unilateral que ni siquiera beneficia a quienes la imponen. Las relaciones comerciales son un asunto demasiado importante como para quedar al albur de los caprichos del presidente norteamericano, que ha tenido que tirar de una vieja ley para sortear la oposición de la justicia de su país. Fundamentando los nuevos aranceles como una respuesta a políticas laborales discriminatorias de terceros países, lo que carece de sentido para Europa. Aunque los daños colaterales de este último año hayan sido menores, como consecuencia de la capacidad de adaptación de las administraciones y las empresas europeas, la política comercial debe estar regida por normas y principios que nunca tenía que haber abandonado. La negociación, el consenso y la búsqueda de un resultado que beneficie a la economía mundial y, en particular, a la de los países en vías de desarrollo. En ese sentido, cabe esperar que el correctivo de los electores norteamericanos a una política que les perjudique contribuya a volver a la senda de la negociación multilateral
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