Opinión
Pionera de la emancipación femenina
Y figura clave del Romanticismo europeo. «La libertad es la primera condición del amor» escribía en Lélia, donde también reveló que «el pensamiento es el corcel; la razón, el jinete». «El intelecto busca, pero es el corazón el que halla», de Consuelo. «El recuerdo es el perfume del alma», de su autobiografía Historia de mi vida. «El amor sin admiración solo es amistad» y «el beso es una forma de diálogo» de su Correspondance. “»El olvido es el verdadero sudario de los muertos», en Histoire de ma vie. O cómo «la mujer debe dejar de ser un adorno para convertirse en un ser humano completo», que escribía en 1832 para su prólogo de Indiana. Hablamos de la novelista francesa Aurore Dupin, de nombre masculino George Sand, de la que acabamos de celebrar el 150 aniversario de su fallecimiento. En su funeral, Victor Hugo ya dijo que lloraba a una muerta y saludaba a una inmortal. Y para Gustave Flaubert, Sand fue una de las pocas grandes mujeres que dejaba ese siglo.
«Mujer de gran cerebro y hombre de gran corazón», así la definía la poeta victoriana Elizabeth Barrett Browning en uno de sus sonetos, retratada ya como una mujer de extraordinaria inteligencia y fuerza moral, capaz de unir sensibilidad y genio creador. En Una habitación propia, Virginia Woolf la presentaba como ejemplo de las escritoras que tuvieron que ocultarse tras un nombre masculino para poder ser tomadas en consideración. Y para la biógrafa contemporánea de Sand Fiona Sampson, «fue una de las grandes románticas; transformó la cultura y cambió nuestra manera de entender la libertad y la identidad». George Sand, o cómo desafiar con su toma de decisiones, y vida, las normas de subordinación de su tiempo para, así, poder acceder al respeto: a la educación, la vida intelectual y la política.
Toda una reivindicación ética y poética de la autonomía femenina. En su declaración de libertad, con frecuencia vestía pantalones, levita y sombrero. Protofeminista y ligada al socialismo humanista de 1848 de Pierre Leroux y Louis Blanc, era de las que creía que los cambios sociales debían beneficiar conjuntamente a hombres y mujeres. Apostó por la independencia, derechos e igualdad y, también, por la libertad sentimental. Alfred de Musset, Frédéric Chopin, Michel de Bourges… defendía que mujeres y hombres debían tener la misma libertad para amar. Más allá de las convenciones del XIX, George Sand convirtió su propia existencia en un desafío. Se le tildó como mal ejemplo para las jóvenes y ahora es un icono moderno y perenne que, como asevera la historiadora Michelle Perrot, «inventó una manera nueva de ser mujer en el espacio público».
El cine en su momento y las series de ficción ahora se han atrevido a plasmar este temperamento apasionado de reivindicaciones, cantos y dignidades. Disponible en Filmin, la reciente producción francesa La joven George Sand (2025) es un fresco histórico más que serio y muy bien narrado, introducción a su personalidad y lucha por la libertad. Cuatro episodios de tres cuartos de hora, no exentos de suspense, aventuras y emoción, liderados por Nine d’Urso —ahijada de Carolina de Mónaco, que ya vimos en la serie sobre Balenciaga—, que cuentan sus primeros años, de la huida de su terrible matrimonio abusivo a su llegada a París, el nacimiento de George Sand y sus primeros logros literarios.
Por otro lado, en lo que a largometrajes se refiere, le tengo especial cariño a Pasiones privadas de una mujer (1991) de James Lapine, vista en su estreno en Multicines Buñuel, comedia dramática y un elegante divertimento sobre el círculo artístico de Nohant en su refugio de Nohant-Vic, más allá de lo romántico, liderado por una soberbia Judy Davis y acompañada de otros grandes como Hugh Grant, Julian Sands y Emma Thompson. Público y crítica también destacaron el film Los hijos del siglo (1999) de Diane Kurys para adentrarnos en su relación con Alfred de Musset, con Juliette Binoche y Benoit Magimel en la construcción sentimental y literaria de Sand; y la miniserie británica de 7 episodios Notorious Woman (1974), centrada en su intensa relación con Chopin, un fresco clásico de la BBC, recreación de toda una vida única y singular, interpretado por Rosemary Harris —que de mayor será la tía May del Peter Parker de Sam Raimi, todo un pilar de la conciencia—.
Sinceramente, si ahora tuviera que producir un largometraje homenaje a George Sand se lo encomendaría a Isabel Coixet. Como en Ese oscuro objeto del deseo, dos actrices, Bárbara Lennie y Goize Blanco, harían de Amantine Aurore Lucile Dupin de Dudevant. Urko Olazabal sería Gustave Flaubert, Manuel Solo de Honoré de Balzac, Javier Rey como Frédéric Chopin, Álex González de Franz Liszt, Aida Folch como Pauline Viardot y Mariano Venancio a lo François Buloz. Seguro que saldría algo más que curioso y muy profundo. Todo sería poco para poner en valor la actitud de George Sand, novelista y figura fundamental en la historia de la cultura europea, la igualdad y la emancipación femenina, de la que toda excusa es buena con objeto de revisitar su vida y también su obra.
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