Opinión

Director de "El Periódico de Aragón"
El futuro de Aragón a 40 grados centígrados: el drama de los incendios
La cadena de incendios que afectan a la comunidad y a España obliga a repensar la estrategia de prevención y extinción, con más medios y recursos

En imágenes | Así trabaja el operativo de extinción en el quinto día de incendio en las Cinco Villas / Jaime Galindo
El primer mes de verano no puede arrojar un balance más negativo en lo que se refiere a la afección de los incendios en el territorio aragonés. La realidad golpea cada día a los equipos de extinción y a los servicios de Protección Civil, así como a los efectivos de la Unidad Militar de Emergencias (UME) que se han ido desplegando en las últimas semanas por toda la comunidad para tratar de frenar el avance de las llamas en parajes de un especial valor ecológico como el municipio de Plan, la sierra de Alcubierre, las altas Cinco Villas o la comarca del Matarraña, por citar solo algunos ejemplos.
Aragón ha encadenado hasta una decena de fuegos en el que puede considerarse uno de los peores arranques de verano de su historia. Más de 25.000 hectáreas agrícolas y forestales se han visto arrasadas en apenas 30 días y con todo el mes de agosto por delante. Las altas temperaturas, con días de más de 40 grados y noches tropicales, el viento que ha soplado en estas zonas y la baja humedad se han convertido en los peores enemigos posibles.

Superficie quemada en las Cinco Villas en el incendio declarado la semana pasada. / Jaime Galindo
Sin duda, la peor parte se la han llevado los vecinos de las zonas afectadas por los incendios, que han visto calcinadas sus esperanzas de seguir viviendo en un entorno privilegiado en muchos casos. La huella del fuego se deja notar en el paisaje, pero no desaparece nunca de la vida de las personas. El impacto a la población es el golpe más duro. La segunda consecuencia más grave es la afección al medio ambiente y al hábitat natural, una realidad que certifica que los efectos del cambio climático son cada vez más acentuados pese a los negacionistas. Negar la evidencia retrasa el diagnóstico, frena la puesta en marcha de medidas y condena a un futuro cada vez más negro a toda la sociedad.
El verano más complicado que se recuerda en Aragón ha de llevar a una profunda reflexión, no solo en la comunidad sino en el conjunto de España. En los próximos años es muy probable que los episodios de olas de calor sean cada vez más habituales y que los 40 grados se instalen ya en el mes de junio. De ahí que abrir un debate sobre la gestión forestal en España sea urgente por los efectos que tienen los incendios en las vidas, en el territorio, en la naturaleza o simplemente por el impacto económico que pueden tener. Hoy por hoy resulta imposible poder abordar semejante reto con los actuales recursos humanos y materiales, ya que solo en Aragón hay 2,5 millones de hectáreas forestales. La estrategia y los medios para enfrentar este tipo de situaciones han de reformularse y repensarse, con partidas que vayan dirigidas específicamente a mejorar las condiciones y a dotar de más medios la prevención y la extinción de los incendios, pero también a profesionalizar esta tarea tan decisiva.
Consenso nacional
La necesidad de repensar qué quiere hacer España como país ante estos fuegos tan devastadores no admite demora y ha de partir del consenso nacional. La refriega política no puede ser un impedimento cuando cada día asistimos a un ejercicio práctico de colaboración y cooperación entre comunidades y entre estas y el Estado. Los medios y los recursos se comparten entre administraciones y la solidaridad es el común denominador. Por tanto, por favor, que la política tome nota.
Pero el debate es mucho más profundo, ya que el cambio climático va a cambiar todavía más nuestras vidas, desde ya y en las próximas décadas. Ante esta no queda otra solución que abordar, desde lo local a lo global, una hoja de ruta que contemple la limpieza de los montes, la profesionalización de los equipos de extinción, el establecimiento de protocolos comunes que definan qué prohibiciones hay que establecer y cuándo aplicarlas de forma implacable, qué recursos se van a poner sobre la mesa para no dejar abandonado el medio rural, cómo incentivar la repoblación de esos núcleos, definir qué papel debe jugar la ganadería y la agricultura, establecer quizá un mando único en coordinación con las comunidades, incidir en la educación medioambiental, trabajar en la anticipación –perfeccionando los avisos a la población– cuando acecha una incendio, dotar partidas concretas en los presupuestos (cuando los haya) para evitar y extinguir estos fuegos...
Pero para acometer todas estas medidas es imprescindible asumir esa responsabilidad política de forma conjunta que permita trazar un plan nacional consensuado con el apoyo de expertos y profesionales. La alternativa es ser meros espectadores y presenciar cómo el fuego acaba con el patrimonio natural y sentimental de tantas y tantas generaciones.
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