Opinión

Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza
¿Qué mide realmente una oposición?
Cada año que hay oposiciones al cuerpo de maestros y se publican los resultados, el debate vuelve a girar en torno a las faltas de ortografía y lo injusto de las pruebas aplicadas.
Este año no ha sido una excepción. También en Aragón se han sucedido las críticas por los suspensos «injustos», las penalizaciones por errores lingüísticos y las dudas sobre la coherencia del sistema de evaluación. Es un debate necesario, pero insuficiente. Antes de contar tildes y comas conviene preguntarse: ¿qué estamos evaluando realmente cuando seleccionamos a quienes tendrán la responsabilidad de educar, enseñar a leer, escribir y pensar a las próximas generaciones?
Hay algo en lo que existe un consenso casi absoluto. Un maestro debe escribir correctamente. El lenguaje es su principal herramienta de trabajo. Con palabras enseña, acompaña, explica, evalúa y ayuda a construir el pensamiento de sus alumnos. La corrección ortográfica no es un capricho ni algo que debamos pasar por alto; forma parte de la competencia profesional de cualquier docente.
Sin embargo, el problema comienza cuando confundimos una parte con el todo.
En educación llevamos mucho tiempo intentando desterrar neuro-mitos que, pese a haber sido desmentidos por la evidencia científica, siguen apareciendo en cursos, discursos e incluso en algunas aulas. Que existen alumnos visuales, auditivos y kinestésicos; que solo utilizamos el diez por ciento del cerebro; que basta con estimular determinadas capacidades para mejorar el aprendizaje. Son ideas atractivas porque simplifican una realidad extraordinariamente compleja. Pero no son correctas.
Con el lenguaje ocurre algo parecido.
Sabemos que leer y escribir implica la interacción de procesos cognitivos muy diversos: memoria de trabajo, atención, organización, vocabulario, comprensión, sintaxis, inferencia o planificación del discurso. La competencia lingüística no consiste únicamente en colocar correctamente una tilde o distinguir entre «haber» y «a ver». Es la capacidad de comprender, argumentar, comunicar, adaptar el mensaje al interlocutor y utilizar el lenguaje para construir conocimiento. Por supuesto que la ortografía importa. Mucho. Nadie pretende minimizar su importancia, y menos aún, cuando hablamos de quienes educarán a nuestros hijos. Pero también sabemos que una persona puede cometer un error ortográfico bajo la presión de un examen de varias horas y, al mismo tiempo, poseer una brillante capacidad para explicar un concepto complejo a un niño de ocho años. Del mismo modo, alguien puede redactar un ejercicio impecable desde el punto de vista formal y carecer de claridad expositiva, pensamiento crítico o competencia comunicativa.
Y ahí aparece el gran problema de nuestras oposiciones. Una falta de diseño real.
Podemos y debemos dedicar una precisión casi matemática a descontar décimas por una tilde, una grafía incorrecta o un signo de puntuación. Pero por desgracia, competencias mucho más determinantes para el ejercicio de la profesión siguen dependiendo, en buena medida, del juicio de un tribunal: la capacidad para motivar a un alumnado diverso, justificar una decisión pedagógica, resolver una situación inesperada en el aula o comunicar una idea con claridad al mismo tiempo que se diseña correctamente una situación de aprendizaje. Cuestiones básicas pero imprescindibles todas ellas a la vez que el manejo del lenguaje.
Resulta llamativo que aquello que mejor define a un buen maestro sea, precisamente, lo más difícil de medir y, por tanto, lo que termina ocupando un espacio menor en la evaluación. Mientras tanto, aquello que puede cuantificarse con facilidad acaba adquiriendo un protagonismo desproporcionado. Uso de referencias según plantilla de corrección, por ejemplo.
No se trata de rebajar la exigencia. Todo lo contrario. La educación necesita excelentes profesionales y la sociedad tiene derecho a exigir un dominio impecable del lenguaje a quienes van a enseñar a leer y escribir. Pero exigir más no significa medir mejor. Por tanto, no se trata únicamente de una falta de ortografía, sino en creer que el recuento de errores ofrece una imagen suficientemente fiel de la competencia lingüística de un futuro maestro. Del mismo modo que hemos aprendido a cuestionar tantos neuro-mitos educativos, tal vez debamos revisar otro más: pensar que lo más fácil de evaluar coincide siempre con lo más importante.
Las recientes polémicas deberían servir para abrir un debate más ambicioso que el de señalar a quienes suspenden por una tilde. Deberían invitarnos a reflexionar sobre el modelo de selección docente que queremos y su previa formación. Porque una oposición no solo elige funcionarios; decide quiénes serán los referentes formativos y educativos de miles de niños durante décadas.
La escuela necesita maestros que escriban bien. Pero necesita, sobre todo, maestros que piensen bien, expliquen bien y enseñen a pensar.
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