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Opinión

Un referente en la salud pública

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció ayer en su comparecencia para hacer balance de su gestión que Zaragoza será finalmente la ciudad elegida para albergar la futura sede de la Agencia Estatal de Salud Pública, una apuesta por la descentralización de la Administración central que ha confiado en Aragón para una de sus propuestas más ambiciosas de cara a crear nuevos entes públicos de coordinación y actuación global desde otras ciudades que no sean Madrid. La noticia, «histórica» para la comunidad, se recibe con satisfacción y optimismo, una sensación que da un soplo de aire fresco en medio del clima de confrontación y crispación que vive la política actual a todos los niveles. La designación refuerza la autoestima del territorio, reparte méritos entre todos los que han sumado impulsos para hacer realidad este anhelo que ya nació en el Ejecutivo que lideraba Javier Lambán, y sube a todos los partidos en un reto que ahora hay que hacerlo realidad con todas las promesas invertidas en un plan global que la propia DGA llegó a cifrar en 60 millones de euros, entre el valor del inmueble que será cedido gratuitamente y la inversión, de casi 20 millones, que será necesaria para rescatar del olvido el Pabellón de Aragón de la Expo de 2008. Han pasado 18 años desde que cerró sus puertas al público y ahora se sabe que renacerá por fin en 2027, a lo largo de los seis primeros meses, con un uso definido y vocación de futuro. Son muchos los ingredientes que convierten a este anuncio, que el propio Sánchez deslizó con brevedad pese a la importancia, en un desafío en el que todas las administraciones se deben implicar para que sea un éxito. Un objetivo que sobre todo hace que, una vez más, Zaragoza se ponga en el mapa como referencia para analizar y planificar una estrategia sanitaria global, con precedentes como la pandemia del coronavirus que le dieron una razón de ser y con un horizonte siempre incierto en esta materia.

Uno de los ingredientes más relevantes es el de la propia coordinación entre administraciones, un valor al alza en los tiempos de polarización política que corren y con la confrontación como escenario principal para cualquier cuestión que les obliga a dialogar. Este proyecto debe nacer inmune a la constante batalla de siglas que se vive en España, vacunado frente a los mensajes víricos que amenazan la buena salud de una sociedad que les necesita más que nunca, y con todos los recursos que sean necesarios para que no sea un proyecto fallido. Siempre es mejor repartirse las medallas que buscar culpables. Otro de los ingredientes es la apuesta desde lo público por la salud pública como reto de futuro, una senda en la que todos sumen, también la comunidad científica. Y un tercer ingrediente relevante es la visibilidad y puesta en valor de un edificio como el Pabellón de Aragón que no se merecía 18 años de abandono y olvido. Renacerá por fin junto al Pabellón de España, otro de esos edificios icónicos de la Expo de 2008 que curiosamente pertenece al Gobierno central y que, estando a pocos metros de la futura sede de la Agencia de Salud Pública, seguirá buscando un destino que le devuelva a la vida. Porque lo que más valor tiene de esta asignación no es lo económico, ni ese retorno millonario que siempre se especula que tendrá para la ciudad –se apunta a 15 millones al año sin aclarar por qué–, sino lo intangible para una Zaragoza que puede y sabe ser capital en España para la misión que se le encomiende. O cerrar la herida que supuso para Aragón que Teruel no fuera elegida para albergar la sede de la Agencia Espacial Española, se escogió a Sevilla cuando reunía también ingredientes para serlo, pero al parecer no los suficientes.   

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