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Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

A vueltas con la Guerra Civil

Hace unos días fue 18 de julio. Una fecha que todos, insisto, todos los españoles deberíamos conocer bien. No participo de esa teoría que dice que un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, simplemente creo que en la educación obligatoria deberían darse unas pinceladas potentes de los principales hitos u horrores del pasado. Sí, lo sé, es imposible enseñar todo, pero la guerra civil por la tragedia y por su proximidad debería estar en uno de los primeros lugares en los libros de texto sobre nuestra historia.

Las guerras, todas, son horribles. Nos hemos acostumbrado a estudiar el mundo como si el hilo conductor de la civilización fuesen los combates, las luchas, el ganarle al otro su territorio. El asesinato de Abel a manos de Caín supuso el primer paso en el imaginario colectivo de quienes vivimos en eso que llamamos genéricamente occidente y que terminaremos por concretar en lo cristiano. La mitología griega y luego romana está llena de episodios violentos. Y si nos desplazamos a tiempos contemporáneos, el mundo actual se ha conformado en torno a tres grandes guerras: la franco-prusiana de 1870, la europea, luego mundial, de 1914-1918, y la segunda ya sí global de 1939-1945. Un detalle importante, y que interesa mucho en lo que pretendo argumentar: en la mayoría de estas guerras los contendientes son de diferentes países y finalizada la contienda cada uno vuelve a su lugar de residencia, excepto quienes tienen que emigrar, claro.

La gran diferencia de una guerra civil con otras es que los combatientes son del mismo país, son compatriotas, y que una vez finalizada no dejan de verse. Los vecinos, los familiares, siguen conviviendo en territorios muy próximos. La victoria de uno de los bandos no pone fin al conflicto, simplemente traslada a otro tipo de problemas, de ausencia de convivencia, de construcción de bloques en los que cada cual sabe en qué lado está y quienes están en el otro.

Solemos citar la contienda de 1936-1939 como la guerra civil, así, con un artículo determinado delante, como si fuese la única, algo que no es cierto. En 1700 el fallecimiento de Carlos II sin descendencia y la voluntad de que su sucesor fuese Felipe de Anjou desató la conocida como guerra de sucesión, que fue una guerra civil. Las carlistas, a lo largo de gran parte del XIX, también lo fueron, así que la que se inició en 1936 fue una guerra civil, sí pero no la, fue una más.

La razón para escribir un artículo, justo ahora, sobre esta guerra es que estamos enzarzados en un nuevo conflicto, otro, uno más, y van..., que tiene que ver con ella. Se trata del museo proyectado en Teruel y que parecía avanzar lentamente, pero con paso firme, hasta que hemos descubierto que no es así. La conformación de un gobierno de coalición PP/Vox nos podía poner en guardia y se han confirmado nuestros temores. En una intervención en las Cortes la vicepresidenta Mar Vaquero anunció el 12 de junio que se iba a revisar el proyecto, del que son autores los profesores Carlos Gil y José Luis Ledesma, con prestigio y reconocimiento entre los historiadores especialistas sobre aquella guerra. No se trata, por tanto, de dudas sobre quienes han estado trabajando en el diseño, no, es, nuevamente, la intromisión de quienes no tienen a especialistas que presenten ideas alternativas. Digámoslo con claridad: lo que pretende Vox, y nos tememos que aceptará el PP, es mentir.

Hace un tiempo escribí un artículo sobre el museo sobre el terrorismo que está en Vitoria, en lo que fue históricamente el Banco de España. Si yo hubiese diseñado el contenido del mismo hubiese puesto a la entrada esta frase: todos los asesinos de ETA son, además, unos hijos de puta. Pero, afortunadamente, no lo diseñé. Se trabajó en él durante años y se puso de acuerdo a todo el mundo, Casa del Rey, gobiernos de España y Euzkadi, diputaciones, alcaldes, partidos políticos, especialistas, opinión pública (con escasas discrepancias). Y se hizo un magnífico museo, del que sales con el corazón encogido, pero sabiendo más que cuando entraste. Ese debe ser el objetivo de un museo: enseñar, divulgar los hechos, permitir que quienes lo visiten aprecien el esfuerzo y el logro de quienes lo han diseñado.

La batalla de Teruel, mejor deberíamos citarla en plural ya que fueron cuatro, aunque próximas en el tiempo y en el espacio, fue uno de los episodios más crueles de la guerra civil, con muchos muertos y heridos por bala o amputaciones por el frío, extremo, en el que se combatió. La capital del sur de Aragón ha quedado ya para siempre en todas las páginas que se han escrito sobre la guerra, por lo que es muy razonable que en esa maravillosa ciudad se instale un museo, no solo sobre los combates en esa zona, debería ser sobre toda la guerra. Y ese es el proyecto que hay y que quieren apartar.

No lo debemos permitir. Esto no es de derechas o izquierdas, ni de republicanos o nacionales. Se trata de un asunto de dignidad. Los aragoneses, me gustaría pensar que una gran mayoría, queremos un museo digno, visitable sin vergüenza. Y el presidente Azcón, de todos los aragoneses, no puede caer en la indignidad de aceptar mentiras.

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