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Opinión

Zapatero en el Hades

No podemos evitar una sonrisa ácida al contemplar las andanzas del expresidente y su inefable escudero, cuya confesión le deja sin argumentos

Si existe un Hades en política, allí se encuentra, en estos momentos, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. En ese inframundo, del que jamás regresará, ha pasado a hacer compañía a todos cadáveres políticos que la Justicia puso en su día en el lugar oportuno. Como diría Pedro Sánchez, en el lugar correcto de la historia, eso sí, por malhechores, y sabemos cuál es ese lugar... ¡que se lo pregunten a Ábalos!

Siguiendo la crónica negra de la moqueta judicial no podemos evitar una sonrisa ácida al contemplar las andanzas del expresidente Zapatero y su inefable escudero Julito. La confesión de Julio Martínez ante el juez Calama ha dejado sin argumentos a la defensa de Zapatero.

Mientras tanto, el Gobierno de España, a través de su portavocía, está afirmando que el rescate de Plus Ultra cumplió con la legalidad, pero es una evidencia que los últimos presidentes de la SEPI, y otros altos cargos de esta están imputados en el caso Hirurok (Santos Cerdán y compañía) por el rescate de Tubos Reunidos, con lo que Enma Saénz debe ser más prudente a la hora de hacer estas afirmaciones.

Es obvio que determinados tertulianos televisivos se empeñan en aseverar que va a resultar casi imposible el demostrar que Zapatero cometió tráfico de influencias –uno de los delitos por los que se le acusa– pero, el caso Palau de Barcelona dejó nítidamente labrado el patrón indiciario de las influencias: la capacidad de torcer voluntades administrativas sin ocupar el sillón resolutor, valiéndose del ascendiente personal y de muñidores interpuestos. ¿Qué ascendiente personal tenía Zapatero? Los muñidores saldrán durante la instrucción. El bueno de Julito, de la noche a la mañana se ha transformado en un soprano, ha dejado escrito que él solo era un humilde «correveidile», un mero ujier sin capacidad técnica ni influencias propias, y que era el insigne expresidente quien marcaba los pasos a seguir.

El uso de entramados mercantiles para encubrir comisiones, las llamadas previas que allanan el camino del cliente y la fluidez presupuestaria para una firma moribunda constituyen un esquema muy parecido al que llevó al banquillo a Convergència y a los prohombres el Palau. La jurisprudencia fijó que la influencia penalmente relevante no exige coacción burda, sino la sutileza del contacto soplado al oído decisor público.

Por consiguiente, a Zapatero, no le queda otra que ir acostumbrándose a convivir entre zombis y cadáveres políticos. Del histórico «talante» apenas queda una mueca de quienes sospechamos que la ética era solo el envoltorio de la minuta.

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