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Opinión | Editorial

Irán, laberinto sin salida

El anuncio de un acuerdo para el desarme de Hamás en Gaza a cambio de la retirada escalonada de Israel de la Franja, con la creación de una fuerza internacional de estabilización y la formación de una Administración palestina, ha permitido a Donald Trump presentarse como el hacedor de una paz verosímil. Pero ha atenuado inmediatamente la euforia la oposición de la extrema derecha israelí a atenerse al acuerdo, los recelos de Binyamín Netanyahu, los matices al cumplimiento del acuerdo introducidos por Hamás y la realidad de que la guerra de Estados Unidos e Israel en Irán todo lo condiciona. En la práctica, nada es posible en Oriente Próximo mientras se prolongue la crisis y la teocracia iraní persevere en el control sobre sus aliados Hamás e Hizbulá.

Los reiterados anuncios de cese de las hostilidades hechos por la Casa Blanca, que rebajan el precio del petróleo, seguidos de la reanudación de los bombardeos y el repunte de la cotización del crudo, la extensión de los ataques iraníes a instalaciones de Estados Unidos en la región y la operación desencadenada por Arabia Saudí contra milicianos proiraníes en Irak son muestras elocuentes del poder contaminador de la crisis en toda la región. No hay ningún indicio de que la república de los ayatolás acepte una resolución del conflicto que mutile su capacidad de exportar petróleo y controlar de alguna forma el estrecho de Ormuz; no hay posibilidad a corto plazo de que Israel ceda en su propósito de perpetuar su presencia en el sur del Líbano y cancelar su guerra particular contra Hizbulá.

Con las elecciones de Israel y de Estados Unidos en el horizonte tiene planteada Oriente Próximo una ecuación aparentemente irresoluble: necesita Netanyahu mostrarse firme para ganarlas en octubre y mantener la colación de gobierno; precisa Trump mostrar algún resultado tangible que modere los nefastos efectos del encarecimiento del petróleo en la economía de Estados Unidos, singularmente la inflación. Pero los cambios de rumbo de la Casa Blanca sobre la marcha son prueba fehaciente de la falta de coherencia en la gestión de la guerra y la búsqueda de una pacificación efectiva. Cada día son más las voces de expertos en seguridad de anteriores administraciones que reclaman a Trump coherencia estratégica y estiman imprescindible poner al frente del Pentágono a alguien dispuesto a escuchar a los uniformados para acabar con su desconcierto, dirigidos por Pete Hegseth.

Visto el desarrollo de los acontecimientos desde el inició de las hostilidades el 28 de febrero, sin un cambio significativo en el enfoque de la guerra por parte de Estados Unidos, y la sujeción a él de Israel, la situación actual se antoja una batalla sin fecha de caducidad. No queda nada en pie de la tregua de 60 días firmada el 18 de junio, crece la impresión de que a la Guardia Revolucionaria iraní le resulta más adecuada una guerra limitada con Estados Unidos que un alto el fuego que beneficie a las petromonarquías del Golfo y tiene un efecto reducido la campaña de bombardeos selectivos contra enclaves iraníes. Le urge a Donald Trump dar con una salida del laberinto para no seguir defraudando al electorado que le votó hace dos años por su promesa de no enfangarse en nuevas guerras, pero ninguna vía de escape parece accesible.

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