Opinión | En el punto de mira
Miedo
Acabo de ver fotos de la reunión entre Trump y Netanyahu esta última semana y mi reacción instintiva ha sido la del miedo. De la última reunión publicada salió la invasión de Irán, la prolongación de la guerra en Líbano y la continuación de la masacre en Gaza.
Con el tiempo ha llegado a pasarme de todo, momentos de angustia, inquietud, desconfianza, vulnerabilidad y miedo, he pasado mucho miedo en la dictadura. Seguramente será una rareza mía, pero parece ser que desde siempre esta sensación forma parte de la condición humana. Decía Hobbes, «el día que yo nací mi madre parió dos gemelos: yo y el miedo».
Y, es verdad, el miedo está implícito en la evolución de la humanidad, librarse de él supone buscar constantemente la seguridad. Citaba José Antonio Marina a Hobbes como el pensador que descubrió en el miedo el origen del Estado. O cómo Maquiavelo enseñó al príncipe que tenía que utilizar el miedo para gobernar. «El miedo es la emoción política más potente y necesaria, la gran educadora de la humanidad indómita y poco de fiar».
Todos somos vulnerables, sufrimos angustia y temor por la familia, la salud, el trabajo, las catástrofes naturales que nos acechan, por la pérdida de bienestar. Cuando percibimos un peligro que nos amenaza, lo vivimos con miedo. El miedo es consecuencia de la sensación de peligro. Y cuando vivimos así, buscamos seguridad en las promesas, en las instituciones, en la familia, en los amigos, en el Estado.
Del miedo se aprovechan algunas políticas que se practican y algunos políticos que dan soluciones fáciles a problemas complejos. De él sacan los populistas sus mejores réditos con sus mayores mentiras. Por el miedo se inocula la búsqueda de la seguridad a través de verdades inalterables, de liderazgos fuertes, de soluciones autoritarias ante cualquier sensación de crisis social o pérdida de identidad nacional o religiosa.
Vivimos tiempos difíciles, en los que seguramente cada día podemos ver como la composición de unos medios de comunicación por un lado, de algunos policías y fiscales por otro y algunos jueces en el vértice, forman una especie de triángulo en el que, en ocasiones, hacen desaparecer el honor de personas inocentes en medio de operaciones judiciales diseñadas como un espectáculo mediático, seguidas de juicios paralelos y ejecuciones sumarias llevadas a cabo por columnistas justicieros y personajes mediáticos indecentes que se aprovechan del miedo y la vulnerabilidad que algunos jueces transmiten, para hacer política.
Tras la sentencia, en la cual Ábalos fue condenado con tantos años de cárcel como Rudolf Hess (el carnicero nazi de los campos de concentración), Koldo García a 19 años y Aldama (inductor de la trama, según la UCO) obtuvo todos los beneficios exculpatorios como «delator» para no entrar en prisión y recuperar los 4 millones rapiñados, estaba cantado que la vía del «arrepentido cantor» iba a ser la salida para muchos de estos empresarios delincuentes. Mentir haciendo acusaciones falsas ante los tribunales para no entrar en prisión y que se les respeten sus patrimonios, por el miedo a sentencias como las descritas antes puede ser su salvación. Todo, para que algunos jueces, utilizando el miedo puedan justificar sus autos procesales y sentencias que, en muchos casos, ya estaban o estarán dictadas de antemano.
Escribe Juan Antonio Marina: «El que provoca el miedo corrompe, y debe ser tratado como un corruptor». Y, es más. «Corrompe los sentimientos, las relaciones, las situaciones, la integridad, el yo».
Con actuaciones como esta, no debe extrañarnos que nueve de cada diez españoles crean que un político y un ciudadano corriente no reciben el mismo trato judicial. Pero hay más, el CIS preguntó «en procesos judiciales que afectan a partidos políticos, la justicia siempre es imparcial». Y ahí la respuesta es de un 76,9 en desacuerdo y solo el 21,8 confía en su imparcialidad. Esto no quiere decir que la mayoría de los jueces actúe por motivaciones políticas, pero la percepción de los ciudadanos es clave para un sistema democrático donde la confianza en la institución judicial es fundamental.
Como decía aquel: «Ningún gobierno debe estar por encima de la ley, pero ningún juez está por encima de la democracia».
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