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Opinión | el artículo del día

Javier Gascón

Javier Gascón

Bibliotecario

Estrés urbano

Las ciudades, al margen de su tamaño, provocan alteraciones en la salud mental y en el comportamiento de quienes las habitan y trabajan en su espacio físico. La existencia de refugios en su seno en forma de parques, zonas verdes, zonas de juego infantil... denota precisamente la insalubridad de la mayor parte del resto de su extensión. Una de las fuentes principales del estrés que genera su actividad intrínseca es el tráfico rodado. Con razón han surgido expresiones como «vías pacificadas», «zonas de bajas emisiones» y otras similares para referirse a aquellas en las que el automóvil pierde privilegios como la velocidad, la capacidad de contaminar o la preferencia frente a los peatones. Pero el vehículo privado sigue siendo el amo y señor de la mayor parte de avenidas, calles y plazas de nuestras ciudades.

Cualquier intervención urbana que no pase por extirpar de raíz la circulación de autos de lo que son calzadas para transformarlo en otra cosa (no solo calles amables), permite que los vehículos a motor sigan imponiendo su predominancia. En algún momento de la historia el coche particular se convirtió en un emblema de libertad de movimiento, por encima de quienes no lo poseían y se manejaban solamente con los recorridos preconcebidos de transportes públicos como trenes, autobuses, tranvías… que trazaban las rutas que llevaban a los sitios de visita preferente o a los centros neurálgicos de la actividad (hospitales, fábricas, campos de fútbol).

Zaragoza anda estos meses en obras para mejorar, dicen. Me gustaría que no fuera solo para mejorar, sino para optimizar. Las vísperas electorales y la abundancia de caudal financiero vía fondos europeos, han animado a la actual alcaldesa a un intento de «mejorar» la capital. Algunas vías concretas (avenida Valencia, Portillo, avenida Navarra, plaza San Miguel, entre otras) precisaban una intervención urgente. Aprovechando la coyuntura se han emprendido otras obras con menor grado de transparencia y ningún consenso. Lo que vaya a salir del Parque del Portillo y del Parque Lineal del Huerva probablemente mejore lo que había, que era en buena medida degradación. Pero en ambos casos se trata de iniciativas del equipo de Gobierno que ni han partido de demandas ciudadanas ni se han sometido a su escrutinio. Cuando algún colectivo ha querido cuestionar aspectos de ambos proyectos (como las talas masivas o la demolición del viejo edificio de Correos en la avenida Anselmo Clavé) ha sido acallado e ignorado. Los grandes proyectos de ciudad (como las grandes reformas urbanas vividas en la Barcelona del 92) ya no bastan si no tienen el acuerdo explícito de vecinos, expertos y autoridades. La Zaragoza de 2008 no nació de una demanda de la ciudadanía, pero sí contó con un amplio consenso que transformó buena parte de su fisonomía y de sus dinámicas de movilidad (con la línea 1 del tranvía) y ocio (las riberas del Ebro y el Parque del Agua y recinto Expo).

Las ciudades ya no se construyen a golpe de decreto. Estamos viendo cómo el proyectado espacio para el audiovisual o Distrito 7 (en los terrenos de la antigua fábrica Giesa) tropieza con la falta de interés en su explotación por algo que tenía poca sustancia y mucho de operación inmobiliaria. También cómo las modificaciones urbanísticas para la ampliación del Parque de Atracciones a costa de los pinares circundantes (contra la opinión de los vecinos) han llevado al cierre de la instalación por vez primera en cincuenta años. La Nueva Romareda no tiene vuelta atrás; el viejo campo fue demolido; su construcción avanza con los ojos puestos en el Mundial de 2030. Otra cosa es si en ella jugará un equipo de fútbol profesional, vista la situación del Real Zaragoza a la que la lejana propiedad (tercera pata del proyecto junto al Gobierno de Aragón y el ayuntamiento) ha llevado al club. Desde luego que albergar partidos de la siguiente Copa del Mundo de Fútbol es un acicate. Lo que no sabemos es si también va a ser una hipoteca inasumible de una infraestructura que los mismos que la han impulsado tumbaron hace veinte años en los tribunales.

Hacer ciudad no es inaugurar equipamientos, acordar inversiones con agentes privados ni menos aún pensar que la agenda sea un permanente estado de anuncio publicitario, con eventos tan masivos como intrascendentes, que se olvidan en el mismo momento en que se les da el cierre. Todo esto teniendo a la ciudadanía como mera convidada de piedra. Los zaragozanos y zaragozanas padecen las obras como mejoras necesarias. Pero ¿era prioritario acometerlas de golpe a un año de las elecciones municipales? Cincuenta y cuatro días antes de la fecha todo tendrá que estar inaugurado. Pongan sus relojes en hora y echen cálculos para saber cuánto le queda a Natalia Chueca para andar cortando cintas. Y recen para que no haya imprevistos.

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