Opinión | TEJIENDO PALABRAS
Puntos de ignición psicológica
Este verano asistimos con desolación a una sucesión de incendios que devoran nuestros bosques y ennegrecen el suelo de España. Sufrimos una de las mayores catástrofes incendiarias desde que se tienen registros. Una vez más nos planteamos la necesidad de cuidar y proteger nuestros bosques y lugares proclives a la destrucción devastadora del fuego, que aniquila vidas y paisajes. Los expertos inciden en prevenir y en actuar con eficacia; también piden que se cuide con especial atención esos puntos de ignición donde se produce la primera chispa, ya que una vez prendida, la devastación puede ser catastrófica, como lo estamos experimentando en estos meses de estío.
El fuego siempre me ha parecido uno de los símbolos más fértiles de nuestra cultura: destruye, purifica, ilumina y transforma. Podríamos decir que es un arquetipo polisémico. Su utilización en la literatura conlleva una variada forma de expresar realidades, cuyos efectos pueden ser nocivos o beneficiosos en el tejido de nuestras relaciones sociales. La utilización del fuego ha sido una de las primeras revoluciones tecnológicas de la humanidad; cocinamos los alimentos, nos calentamos ante la adversidad del frío, lo utilizamos en infinidad de procesos industriales, incluso, nos divertimos con él cuando celebramos determinadas fiestas: la Candelaria, las Fallas, las Hogueras de San Juan…
Hoy, sin olvidarme del peligro que corre la humanidad con este fuego impetuoso, quiero referirme a otros fuegos que también destruyen nuestro mundo o lo reconfortan. Me refiero a los incendios que provocamos en nuestras relaciones humanas. Las fricciones que se producen en nuestras conversaciones cuando prendemos mechas con nuestro lenguaje, con palabras afiladas, retorcidas, envenenadas; palabras que humillan, dividen y terminan incendiando el alma. La metáfora del fuego me lleva a pensar en esas otras maneras de relacionarnos en las que un corazón generoso despierta sonrisas, palabras de consuelo y gestos de afecto que reconfortan y dan un calor agradable a quienes las reciben.
Sabemos que los puntos de ignición tienen la capacidad de crear fuego allí donde se desencadenan. En nuestras relaciones humanas podríamos distinguir dos clases de puntos de ignición psicológica, aquellos que crean un fuego devastador en la psique humana, y esos otros que producen y reconfortan nuestro cuerpo y nuestro espíritu. En nuestras familias, en las amistades, con los compañeros de profesión, en las redes sociales encontramos puntos de ignición psicológica que se prenden para infringir verdaderos calvarios a las personas, a las que aniquilamos con nuestras lenguas rabiosas. En todo incendio hay un punto de ignición, un material combustible y unas condiciones ambientales que lo favorecen. Pues bien, si esto lo llevamos a las relaciones humanas, encontramos que los puntos de ignición psicológica son esas chispas que emitimos cuando criticamos, insultamos y vejamos a los demás; hay un combustible, aquel que llevamos en nuestro interior, que nos hace ser orgullosos, soberbios, malintencionados; y hay unas condiciones ambientales como pueden ser el estrés, las prisas, la enfermedad anímica, la perversión moral.
Nuestra sociedad debe luchar contra estos factores generadores del fuego psicológico, voraz y asesino de personas, debe promover estrategias públicas capaces de evitarlo. Al igual que nos estamos concienciando de la necesidad de evitar este fuego físico que nos devora cada año, intentemos también mejorar nuestra educación cívica y humana que sirva de prevención de conductas incendiarias que perpetran daños irreversibles en otras personas. Estamos teniendo demasiadas muertes psicológicas en nuestro tiempo. Por eso, sugiero que nuestra sociedad, toda la tribu, ejerzamos una acción proactiva, que divulguemos y pongamos en práctica la inteligencia emocional como una herramienta que tiene la virtualidad de promover esos otros puntos de ignición psicológica que provocan amabilidad, respeto, concordia, en definitiva, esos puntos de ignición cuyo calor da vida. Si optamos por el camino de la humanización, entonces sería bueno cuidar nuestras relaciones humanas. Cada conversación contiene puntos de ignición, cada palabra es una chispa. Depende de nosotros decidir si con nuestro lenguaje incendiamos o iluminamos a los demás.
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