Opinión | editorial
Biescas y los fantasmas de la dana en España
Todas las catástrofes naturales que se cobran vidas humanas dejan lecciones que aprender, o deberían hacerlo, para que no vuelvan a repetirse. Pero pasan de nuevo y se alude de nuevo a esas y otras lecciones que el paso del tiempo acaba por difuminar. Otras sí que calan y provocan cambios. La tragedia de Biescas marcó un antes y un después en Aragón en muchos aspectos. Lo hizo después de llorar la pérdida de 87 víctimas mortales en un episodio del que se empezó destacando su excepcionalidad, esos más de 200 litros por metro cuadrado durante 45 minutos en un mismo punto en el que nunca había descargado con tanta violencia, y acabó siendo más importante por lo "evitable" que fue esa noche del 7 de agosto de 1996 en un campin Las Nieves que nunca debió abrir sus puertas en ese cono de deyección de los barrancos. Así lo dijo la Justicia pero nueve años después de un litigio interminable para las familias que sufrieron en primera persona el horror y por un informe registrado en la DGA diez años antes, en 1986, que casi salió a la luz por casualidad cuando todas las Administraciones rehusaban su parte de culpa. Y es que una de las lecciones más importantes que dejó esta tragedia es la indefensión que a veces sufren los damnificados cuando, al regresar la normalidad a la zona, se deja de hablar de ello. Pero esa sentencia condenatoria demostró que no se puede achacar todo a la faltalidad o a la mala suerte, que los errores del pasado a veces tienen consecuencias que duran toda la vida. El recuerdo de aquella tarde y las horas posteriores pone los pelos de punta incluso 30 años después. Los testigos de aquel episodio no lo olvidarán nunca y sería injusto decir que la experiencia no ha servido de nada: cambiaron los planes de protección civil para dar respuesta a esta y otras emergencias, se revisaron todas las zonas de acampada que pudieran estar instalados en zonas de riesgo, se han afinado mucho más los sistemas de predicción meteorológica, también la coordinación entre administraciones, la organización de los voluntarios...
Pero luego se reproduce la tragedia en episodios como la dana de Valencia, de nuevo traumático e imborrable para todos, y nos devuelve a la realidad de que queda mucho por hacer y que la naturaleza, más tarde o más temprano, acaba recuperando el espacio que la acción del hombre le ha arrebatado. O que la Administración tarda demasiado en reaccionar o que no está lo suficientemente preparada para fenómenos meteorológico de estas características, y no será porque los expertos y científicos no lleven tiempo alertando de que cada vez serán más numerosos y más virulentos. En Biescas no se hablaba de dana, pero lo fue, y quizá no son tragedias comparables esta y la de Valencia en muchos aspectos, pero similares en otros: no se tuvo demasiado en cuenta el riesgo antes ni cuando empezó a llover, la fuerza del agua actuó con rapidez y fue capaz de destrozar todos los obstáculos que durante décadas contuvieron su salida natural, y la respuesta de los voluntarios, ciudadanos anónimos que se lanzaron a socorrer a las víctimas con todo lo que podían ofrecerles y fueron lo más destacado de la respuesta rápida en medio del dolor, el desconcierto y la barbarie. También lo es la larga espera durante la búsqueda los días después, cuando ya todo era fango y escombros, y parece que también lo será el largo litigio que se les avecina a los damnificados en Valencia. Todos son motivos para aprender que a veces las lecciones solo sirven para los primeros días. Hasta que ocurre la siguiente tragedia.
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