Opinión
Manuel, Efigenio, Saura y Buñuel
Si hubiera podido hacer una nueva versión de Winston Smith, el de 1984 de George Orwell que con tan buen tino adaptó Michael Radford, mi nuevo John Hurt hubiera sido Manolo Solo. En febrero hablamos de ello y de los vasos comunicantes de la vulnerabilidad, cara la grandeza de la interpretación. Nuestro actor también admiraba con galones al intérprete de El hombre elefante. Y para mí, ambos tenían mil y unas coincidencias, ya se lo dije. Por otro lado, hace menos de dos semanas, Manuel se apuntaba con cariño y humor a mi humilde propuesta juego de que hiciera de Honoré de Balzac en el mundo de George Sand, como así escribía en mi pasado Fuera de campo. A fin de cuentas, las películas son resultado de los grandes aciertos de casting, esos que representan el físico y el espíritu de un personaje.
El bueno de Manolo Solo falleció el pasado 30 de julio y le seguimos llorando. Hay actores que interpretan y, unos pocos, además, componen en cada uno de sus papeles —como le gustaba decir y registrar— toda una forma de mirar el mundo. Manuel pertenecía a esta segunda categoría, sensible y comprometida. Su voz en pausas, su mirada observadora, siempre en continuo monólogo y diálogo, y su sobria coreografía de los gestos formaban parte de su tono y estilo pero, sobre todo, de su oficio y de su profunda manera de entender la naturaleza humana. Nuestro actor sabía —ancho, amplio y hondo— de la comprensión, y aceptaba que nada y nadie eran lineales.
Mi también querido sexólogo y pensador Efigenio Amezúa —justo dos años ya sin él— lo expresó con gran lucidez en Las líneas curvas y enredadas dentro de La idea de ser sexuados: «Los humanos se mueven, cambian, se modifican en función de sus medios y sus fines. También en función de sus biografías. Son proyectos y ahí reside su secreto, no en el cumplimiento de un destino fijo e inamovible, sino en la búsqueda constante de explicaciones. Sus vidas son muy variadas y variables. A veces cometen errores. Y corrigen».
El bueno de Efigenio, con el que compartí docencias en El Escorial, continuaba: «En sus relaciones no suelen seguir las que fueron llamadas las líneas rectas de los instintos, muchas marcadas previamente, sino las curvas de sus deseos. Eros no usa líneas rectas. No es estático. No niega o afirma rotundidades. Muestra, sugiere. Y en la sugerencia, deja los hilos de sus atracciones, seduce. Incita e invita. E insiste. Vuelve de muchas formas». Qué sabio. Y mira, es difícil encontrar una definición mejor para muchos de los personajes que Manolo Solo ha interpretado durante décadas, seres heridos, pero también ambiguos y contradictorios. Nunca simples, porque los humanos somos proyectos, no destinos.
Tras recibir su merecidísimo Goya por Tarde para la ira, Manolo Solo dejó una de sus grandes frases: «La cultura es un instrumento de cambio. El arte debe mover conciencias y entretener; no vale solo con apabullar con mensaje político». Allí ya reivindicaba un cine capaz de transformar planteando siempre preguntas. Como persona y como actor era experto en habilidades para la vida: «Lo único peligroso es poner la autoestima fuera», decía cara a lo expuesto de su profesión, sometida siempre al reconocimiento y al juicio permanente en cada estreno de película o serie. Y es que, para Manolo Solo, además de su cáncer, la verdadera batalla siempre ocurría en el interior. Cuestión clave de dignidad en nuestro paso, rastro, por la vida.
En este contexto, bienvenidas las cartas que Carlos Saura escribió a Luis Buñuel: «Nos comemos el tiempo, Luis. Lo devoramos insaciablemente (…) Nuestra vida es un relámpago, una centella, un flash diría un fotógrafo (…) ¿Puede ese relámpago de lucidez, que a veces es la vida, transmitirse?», le escribía nuestro cineasta oscense. Relámpago sobre agua, como el de Wim Wenders sobre los últimos días de Nicholas Ray. En realidad, un sabio resumen para toda una Historia del Cine. ¿Puede una sucesión de imágenes contener una existencia? ¿Puede una película conservar aquello que el tiempo destruye?
Buñuel respondió a esa cuestión con los sueños y hasta con el realismo de su esperanza, desesperanza. Saura, con el valor rastro de la memoria y la familia. Víctor Erice, con el silencio detalle del devenir del tiempo. Y Manolo Solo contesta con el maravilloso legado que ha dejado como actor, en lúcido ejercicio de acompañar de la mano al espectador, a descubrir lo bello y lo terrible, lo escondido y lo evidente, lo difícil y que no era tan fácil. Quizá, por eso, uno de los trabajos más memorables que nos deja haya sido Cerrar los ojos, sobre las identidades perdidas y las vidas que podrían haber sido otras, como también sucedía en Una quinta portuguesa.
Manuel nos regaló algo extraordinario: convertir el instante en experiencia compartida. Conservar un gesto, una mirada y una emoción para volver a ese relámpago del que hablaba Saura. Somos, como decía Amezúa, las curvas de nuestros deseos, y como intuía el autor de ‘Cría cuervos’, apenas un puñado de flashes intentando dar sentido al tiempo ladrón, la memoria y el deseo en transformación. Y siempre nos quedará Manolo Solo, un grande de la interpretaciónSi hubiera podido hacer una nueva versión de Winston Smith, el de 1984 de George Orwell que con tan buen tino adaptó Michael Radford, mi nuevo John Hurt hubiera sido Manolo Solo. En febrero hablamos de ello y de los vasos comunicantes de la vulnerabilidad, cara la grandeza de la interpretación. Nuestro actor también admiraba con galones al intérprete de El hombre elefante. Y para mí, ambos tenían mil y unas coincidencias, ya se lo dije. Por otro lado, hace menos de dos semanas, Manuel se apuntaba con cariño y humor a mi humilde propuesta juego de que hiciera de Honoré de Balzac en el mundo de George Sand, como así escribía en mi pasado Fuera de campo. A fin de cuentas, las películas son resultado de los grandes aciertos de casting, esos que representan el físico y el espíritu de un personaje.
El bueno de Manolo Solo falleció el pasado 30 de julio y le seguimos llorando. Hay actores que interpretan y, unos pocos, además, componen en cada uno de sus papeles —como le gustaba decir y registrar— toda una forma de mirar el mundo. Manuel pertenecía a esta segunda categoría, sensible y comprometida. Su voz en pausas, su mirada observadora, siempre en continuo monólogo y diálogo, y su sobria coreografía de los gestos formaban parte de su tono y estilo pero, sobre todo, de su oficio y de su profunda manera de entender la naturaleza humana. Nuestro actor sabía —ancho, amplio y hondo— de la comprensión, y aceptaba que nada y nadie eran lineales.
Mi también querido sexólogo y pensador Efigenio Amezúa —justo dos años ya sin él— lo expresó con gran lucidez en Las líneas curvas y enredadas dentro de La idea de ser sexuados: «Los humanos se mueven, cambian, se modifican en función de sus medios y sus fines. También en función de sus biografías. Son proyectos y ahí reside su secreto, no en el cumplimiento de un destino fijo e inamovible, sino en la búsqueda constante de explicaciones. Sus vidas son muy variadas y variables. A veces cometen errores. Y corrigen».
El bueno de Efigenio, con el que compartí docencias en El Escorial, continuaba: «En sus relaciones no suelen seguir las que fueron llamadas las líneas rectas de los instintos, muchas marcadas previamente, sino las curvas de sus deseos. Eros no usa líneas rectas. No es estático. No niega o afirma rotundidades. Muestra, sugiere. Y en la sugerencia, deja los hilos de sus atracciones, seduce. Incita e invita. E insiste. Vuelve de muchas formas». Qué sabio. Y mira, es difícil encontrar una definición mejor para muchos de los personajes que Manolo Solo ha interpretado durante décadas, seres heridos, pero también ambiguos y contradictorios. Nunca simples, porque los humanos somos proyectos, no destinos.
Tras recibir su merecidísimo Goya por Tarde para la ira, Manolo Solo dejó una de sus grandes frases: «La cultura es un instrumento de cambio. El arte debe mover conciencias y entretener; no vale solo con apabullar con mensaje político». Allí ya reivindicaba un cine capaz de transformar planteando siempre preguntas. Como persona y como actor era experto en habilidades para la vida: «Lo único peligroso es poner la autoestima fuera», decía cara a lo expuesto de su profesión, sometida siempre al reconocimiento y al juicio permanente en cada estreno de película o serie. Y es que, para Manolo Solo, además de su cáncer, la verdadera batalla siempre ocurría en el interior. Cuestión clave de dignidad en nuestro paso, rastro, por la vida.
En este contexto, bienvenidas las cartas que Carlos Saura escribió a Luis Buñuel: «Nos comemos el tiempo, Luis. Lo devoramos insaciablemente (…) Nuestra vida es un relámpago, una centella, un flash diría un fotógrafo (…) ¿Puede ese relámpago de lucidez, que a veces es la vida, transmitirse?», le escribía nuestro cineasta oscense. Relámpago sobre agua, como el de Wim Wenders sobre los últimos días de Nicholas Ray. En realidad, un sabio resumen para toda una Historia del Cine. ¿Puede una sucesión de imágenes contener una existencia? ¿Puede una película conservar aquello que el tiempo destruye?
Buñuel respondió a esa cuestión con los sueños y hasta con el realismo de su esperanza, desesperanza. Saura, con el valor rastro de la memoria y la familia. Víctor Erice, con el silencio detalle del devenir del tiempo. Y Manolo Solo contesta con el maravilloso legado que ha dejado como actor, en lúcido ejercicio de acompañar de la mano al espectador, a descubrir lo bello y lo terrible, lo escondido y lo evidente, lo difícil y que no era tan fácil. Quizá, por eso, uno de los trabajos más memorables que nos deja haya sido Cerrar los ojos, sobre las identidades perdidas y las vidas que podrían haber sido otras, como también sucedía en Una quinta portuguesa.
Manuel nos regaló algo extraordinario: convertir el instante en experiencia compartida. Conservar un gesto, una mirada y una emoción para volver a ese relámpago del que hablaba Saura. Somos, como decía Amezúa, las curvas de nuestros deseos, y como intuía el autor de ‘Cría cuervos’, apenas un puñado de flashes intentando dar sentido al tiempo ladrón, la memoria y el deseo en transformación. Y siempre nos quedará Manolo Solo, un grande de la interpretación.
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