Opinión | Firma invitada
La tierra española de Hemingway
Perteneció a la Generación perdida de escritores estadounidenses, entre los que se encontraban Scott Fiztgerald, John Dos Passos, o Gertrude Stein
La fascinación por España (y de sus corridas de toros) que sintió a lo largo de toda su vida el escritor estadounidense Ernest Hemingway (1899-1961) había comenzado en los Sanfermines de 1923 y quedó patentizada tempranamente en sus novelas Fiesta (1926) y Muerte en la tarde (1932).
Hemingway perteneció a la llamada Generación perdida de escritores estadounidenses, entre los que se encontraban Scott Fiztgerald, John Dos Passos, o Gertrude Stein, a la que cabría sumar la bizarra figura del torero yanqui Sidney Franklin, gran amigo del autor de Por quién doblan las campanas (1940), libro que, basado en las experiencias de Hemingway en la guerra de España, llegó a película de Hollywood en 1943, interpretada por Gary Cooper e Ingrid Bergman.
Tras el estallido de la guerra civil española, en 1936, Hemingway había tomado partido por el Gobierno de la República y se implicó en su causa mucho más allá de los cometidos propios de un corresponsal de guerra. Se valió para ello del prestigio que había alcanzado como novelista (además de las obras mencionadas, en 1929 había publicado Adiós a las armas, novela basada en su experiencia como conductor de ambulancias en Italia durante la Primera Guerra Mundial) y los buenos contactos, al más alto nivel de la política estadounidense, de algunos de sus amigos escritores.
Entre estos amigos se encontraba el poeta estadounidense Archibald Macleish (con quien Hemingway había visitado Zaragoza durante las Fiestas del Pilar de 1926, atraídos por sus afamados festejos taurinos), ferviente defensor de la República, al considerar que el conflicto que se dirimía en España era una guerra global entre el fascismo y las democracias del mundo.
Bajo esta premisa, ambos, junto a John Dos Passos, encontraron el apoyo del director de cine Orson Welles, en su propósito de recaudar fondos para la causa republicana, para lo cual trabajaron en la producción (Hemingway fue coguionista y puso la voz en off en la banda sonora) de la película-documental que los cineastas holandeses Joris Ivens (director del filme) y John Fernhout (cámara), habían pensado rodar sobre la guerra civil y que llevaría por título Spanish Earth (Tierra española).
En el caso de Inglaterra, ‘Tierra española’ fue sometida a una censura feroz por el Gobierno de Neville Chamberlain, de la que se cortaron las escenas relativas a la intervención alemana en favor de Franco
Una vez finalizado el rodaje y gracias a la buena relación que Macleish tenía con el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, la película fue proyectada en la Casa Blanca el 8 de julio de 1937 y pocos días después, la cinta llegaría a multitud de salas de los Estados Unidos, así como a los cinematógrafos de la España republicana.
Hemingway estuvo presente en la Casa Blanca, presentando Tierra española ante el mandatario estadounidense e intentando convencerlo para que Norteamérica abandonara el Pacto de no intervención en la guerra de España. El escritor obtuvo buenas palabras de Roosevelt y hasta el apoyo moral de su esposa, Eleanor, pero no la respuesta que hubiera deseado.
En el caso de Inglaterra, Tierra española fue sometida a una censura feroz por el Gobierno de Neville Chamberlain, de la que se cortaron, antes de su proyección en las salas de cine, todas las escenas relativas a la intervención alemana e italiana en favor del ejército de Franco, así como las imágenes de civiles masacrados en Madrid por la artillería alemana.
En 1938, un año después de estrenada la película, Hemingway recibió una petición de la Universidad de Cleveland para editar un libro (también titulado Spanish Earth), con el texto de su narración en off. El escritor accedió, pero al recibir los primeros ejemplares encuadernados entró en cólera. El editor, James Wood, había colocado en las guardas del libro un dibujo con milicianos bajo una gran bandera de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), por la que, posicionado con las tesis del Partido Comunista, Hemingway sentía una profunda aversión.
De manera que, Wood, tras recibir un telegrama airado de Hemingway, destruyó la mayor parte de los ejemplares de la primera tirada y creó una segunda versión del libro con guardas lisas, mucho más en consonancia con la idea que Hemingway tenía sobre el futuro de la tierra española. Años después regresaría a ella, durante la dictadura de Franco, para ver corridas de toros y despedirse de su admirado Pío Baroja.
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