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Opinión | EL AULA DEL REVÉS

Alberto Quílez Robres

Alberto Quílez Robres

Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza

Palos de ciego

Hay momentos en los que una sociedad parece que avanza, pero sin saber muy bien hacia dónde. Se mueve, discute, legisla, rectifica, vuelve a discutir y celebra cada pequeño desplazamiento fortuito. Mucho movimiento y poco rumbo. Son tiempos de dar palos de ciego. Y es muy posible que una de las grandes paradojas de nuestro tiempo sea esa: nunca habíamos dispuesto de tanta información y, al mismo tiempo, resulta difícil encontrar ideas verdaderamente nuevas. Sabemos más, seguimos sin medir realmente nada, opinamos más y comunicamos más rápido, pero sin interpretar buena parte del presente y viviendo anclados en un tiempo que se esfumó y que ya no existe. Además, lo hacemos de forma simplista, y la política no escapa a esta contradicción.

Durante mucho tiempo, las ideologías sirvieron para ordenar la realidad. Proporcionaban un relato, una explicación del mundo y, sobre todo, una idea de futuro interpretada y desarrollada desde diferentes puntos de vista. Eran mapas. El problema es que los tiempos y la vida han cambiado y seguimos empeñados en utilizar el mismo mapa. Entonces dejamos de pensar y comenzamos a reconocernos. Y esto tiene consecuencias, claro. Ya no preguntamos si una idea es buena, sino de quién procede. Antes de escuchar una propuesta queremos saber en qué casilla colocarla. Y una vez situada, casi todo está decidido. La adhesión o el rechazo preceden al razonamiento. Es una forma extraordinariamente cómoda de vivir la política, pero también intelectualmente pobre y con ausencia de dos aspectos claves que superan cualquier ideología: las ideas propias y el pensamiento que parte de las evidencias.

Las ideologías son útiles mientras ayudan a comprender la realidad y se vuelven peligrosas cuando obligamos a la realidad a comportarse como dicta la ideología. Ningún pensamiento concebido en otro siglo podía anticipar con precisión sociedades envejecidas, inteligencia artificial, nuevas formas de trabajo, crisis de confianza institucional, transformaciones familiares, hiperconectividad, soledad, migraciones globales o una economía capaz de atravesar continentes en unos segundos. Incluso era imposible imaginar el ocaso de la sociedad del bienestar. Es posible, que esta sea una de las razones por las que una parte de la política contemporánea transmite una extraña sensación de agotamiento. No necesariamente porque falten personas capaces en el marco político, sino porque faltan marcos desde los que imaginar. Gestionamos lo urgente mientras aplazamos lo importante. Confundimos estrategia con comunicación, liderazgo con visibilidad y convicción con contundencia. Incluso hemos convertido la duda en una debilidad cuando debería ser el inicio de la reflexión y la mejora. Y esto debería preocuparnos. Porque dudar no es ignorar. Dudar es reconocer la complejidad antes de decidir. Una sociedad madura debería exigir dirigentes capaces de decir «no lo sé todavía», «escuchemos», «probemos», «evaluemos» o incluso «nos equivocamos». Sin embargo, premiamos con frecuencia exactamente lo contrario: la respuesta inmediata, la frase rotunda, la seguridad absoluta y la descalificación sin medida.

Así, la política corre el riesgo de convertirse en una representación permanente de certezas fingidas y mediocres. Quizás ya se ha convertido en eso.

En todo caso, los grandes problemas colectivos rara vez admiten respuestas simples. Gobernar una sociedad compleja exige aceptar contradicciones. Es posible defender el crecimiento y preguntarse por sus límites. Proteger lo público y exigir que funcione mejor. Valorar la iniciativa individual y comprender que nadie construye completamente solo su destino o, preservar una tradición y estar dispuesto a transformarla

Por tanto, la verdadera crisis política de nuestro tiempo es muy posible que no sea una crisis de partidos, gobiernos o liderazgos. Puede que sea algo anterior: una crisis de imaginación. Nos faltan futuros propios, pues bailar al son de los demás ya lo hemos intentado. Hemos dedicado enormes cantidades de energía a discutir quién tuvo razón en el pasado mientras dedicábamos bastante menos a imaginar cómo queríamos vivir dentro de veinte años. Y una sociedad que deja de imaginar su futuro termina administrando su presente a golpes: un problema, una reacción. Otro problema, otra reacción.

Palos de ciego

Frente a ello, necesitamos recuperar una política menos obsesionada con tener razón y más comprometida con comprender, sin preguntar previamente a qué familia ideológica pertenece cada evidencia. Esto no significaría renunciar a los valores. Todo lo contrario. Libertad, justicia, igualdad, responsabilidad, dignidad o solidaridad siguen siendo palabras imprescindibles. Lo que quizá haya caducado es la pretensión de que alguno de esos valores pertenece en exclusiva a una determinada tradición.

El futuro probablemente no será patrimonio de una ideología. Será de quienes sepan admitir y rectificar. De quienes comprendan que cambiar de opinión después de conocer nuevos datos no es traicionar unos principios, sino demostrar inteligencia. Y mientras continuemos confundiendo nuestras certezas con la realidad, nuestras etiquetas con las ideas y nuestras trincheras con el horizonte, seguiremos avanzando, sí.

Pero a palos de ciego.

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