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Opinión | EDITORIAL

Cambiar nuestra forma de vida

El secretario general de la ONU, António Guterres, alertó hace ya tres años de que el mundo había pasado de la fase de «calentamiento global», una escalada progresiva en la que el mundo se estaba dirigiendo hacia un horizonte de temperaturas que obligarían a replantear nuestras formas de vida, a otra en la que ese umbral ya se había rebasado. Un mundo de «ebullición global»; perspectiva en la que hace solo unos días insistió, al advertir que el fenómeno de El Niño iba a «echar leña a un planeta ya en llamas».

Durante el último lustro, la sucesión de emergencias globales han hecho que la lucha contra el cambio climático descienda varios puestos en el orden de prioridades real de muchos gobiernos y sociedades. Pero tanto esta relajación como el negacionismo declarado cuentan con un patente y doloroso antídoto: la evidencia, verano tras verano, de las consecuencias de un calor extremo, del precio a pagar por la necesidad imperiosa de adaptarse a esta situación y del coste aún mayor que supondría no hacerlo.

Los avisos y las lecciones que nos da el clima van de lo local a lo global. Incluso en este fin de semana tan festivo, mitigado por un bajón de las temperaturas por la nubosidad que cubre la comunidad, muchos actos al aire libre tenían previstas medidas para mitigar el calor insoportable, con espacios de sombra y distribución de agua.

Esta primera quincena del mes de agosto países como Reino Unido, Alemania, Francia, Italia o Grecia han sufrido de una u otra manera el impacto de las temperaturas extremas. Toda Europa se ha visto golpeada ya no por una o varias olas de calor, sino por una nueva realidad que obliga a replantear nuestra forma de vida. Ni las viviendas, ni infraestructuras claves de transporte, ni las rutinas de trabajo están adaptadas al cambio climático que ya está aquí. Y ya no solo en los países mediterráneos que hace años estamos avisados de que nos espera lo más intenso de esta transformación, sino también en los países del norte de Europa que aún no la habían experimentado con tal intensidad. Ríos secos, termómetros disparados, aumento del consumo energético, incremento de la mortalidad e incendios forestales a las puertas de las ciudades suponen un aldabonazo al que nadie puede hacer oídos sordos. Recuerdan la necesidad de replantear todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida colectiva. Desde las redes de generación y distribución de energía y de transporte a cada una de nuestras actividades cotidianas, desde nuestras opciones de compra a nuestras actividades al aire libre o nuestro ritmo diario.

Las dos grandes estrategias ante la crisis ambiental (medidas contra el cambio climático para mitigar su escalada y adaptación ante la constatación de que en mayor o menor grado no escaparemos a ella) hace ya tiempo que dejaron de ser una disyuntiva; no podemos renunciar a ninguna de ellas en ninguna de nuestras decisiones, públicas y privadas, a largo plazo y en nuestro día a día.

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