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Opinión | EDITORIAL

El incendio más devastador de la historia

El incendio de Las Peñas de Riglos se ha convertido en el peor de la historia reciente de Aragón. Ayer se produjo el primer fallecido. Un militar de la UME que trabajaba en las tareas de extinción perdió la vida al volcar el camión en el que viajaba . Aún no está controlado y ya se han superado las 17.000 hectáreas calcinadas en una tragedia que estremece a la comunidad. Es también el fuego que ha obligado a desalojar más municipios, un total de 19 localidades oscenses: Alastuey, Anzánigo, Arbués, Atarés, Bailo, Bernués, Binacua, Botaya, Centenero, Ena, Larués, Osia, Peña Estación, Salinas de Jaca, Santa Cruz de la Serós, Santa María de la Peña, Triste, Villalangua y Yeste. Entre todos estos núcleos suman más de mil personas evacuadas de sus hogares y de sus negocios, precisamente en la época del año con más turismo y en la que más facturan los establecimientos hosteleros.

Las dimensiones de este desastre son de récord en todos los sentidos, incluyendo el despliegue de extinción. El operativo de ayer sumaba más de 1.000 efectivos y42 medios aéreos, obligando al Gobierno de Aragón a pedir refuerzos internacionales y más medios a la Unidad Militar de Emergencias para luchar contra un frente desbocado que avanzaba hacia las faldas del Monte Oroel. El fuego se atrevió, el pasado jueves, a cercar e la cuna del reino de Aragón, el Monasterio Viejo de San Juan de la Peña, cuya integridad quedó protegida por la roca milenaria, pero obligó a llevar a cabo una extracción in extremis de todos sus bienes históricos para ponerlos a salvo en el Museo de Huesca. Para encontrar un incendio forestal que se acerque a esta magnitud hay que remontarse a julio de 1994, cuando las llamas que comenzaron en Villarluengo, en la comarca del Maestrazgo, arrasaron 16.600 hectáreas de bosque.

Desde luego, este verano se puede calificar de annus horribilis para la biodiversidad y el medio ambiente en Aragón. Según las estimaciones oficiales ya se han calcinado más de 44.000 hectáreas y tres de los incendios producidos en este estío de 2026 se encuentran ya entre los diez peores que ha sufrido la comunidad . Además del desastre de esta semana, el pasado 15 de julio las llamas devoraron en Orés otras 15.400 hectáreas, convirtiéndose en el tercer incendio más agresivo de la historia aragonesa, mientras que unas semanas antes, el 25 de junio, otro fuego en Alcampel calcinó 4.445 hectáreas más.

El resultado de esta devastación no es fruto del azar, sino de la suma de variables muy claras. Las abundantes lluvias que regaron el invierno y la primavera provocaron un gran crecimiento de la vegetación; una espesura que el intenso calor del verano secó rápidamente, convirtiéndola en un combustible altamente inflamable. A este polvorín natural se suma la alarmante falta de mantenimiento en los montes, que acumulan una enorme densidad de biomasa sin gestionar que arde con extrema facilidad. El factor humano también aporta en esta ecuación; los bomberos forestales reclaman mejoras laborales básicas y protestan porque se sienten despreciados por el Gobierno de Aragón, manteniendo una convocatoria de huelga indefinida a partir de mañana.

La sabiduría popular asegura que los incendios se apagan en invierno. Para que esto ocurra realmente, los gobiernos deben dejar de reaccionar tarde y dotar de más medios al mantenimiento, el pastoreo y la limpieza de los montes, especialmente ante el aumento progresivo de las temperaturas que año tras año nos impone el cambio climático.

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