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Opinión | CON SENTIDO/SIN SENTIDO

Silencio

Cuando empecé a comunicarme con ustedes hace casi tres años, el título de esta columna resumía una pretensión que entonces explicité: «hurgar en esta dialéctica entre el sentido preterido y el sinsentido tan campante» de lo que nos rodea. Desde ese momento, en septiembre de 2023, el mundo no ha hecho sino abismarse hacia el nonsense. Pertenezco a la penúltima, quizá última, generación que metabolizamos los valores de la Ilustración: democracia liberal, derechos humanos, división de poderes, orden internacional basado en reglas, confianza en la Razón y en la ciencia… Los síntomas eran inquietantes cuando iniciamos esta comunicación periodística, pero cuando Trump reocupó la Casa Blanca en enero de 2025, todo se precipitó, con imparable aceleración, hacia el absurdo. En toda América, en Europa y en otras latitudes la gobernanza está ya demasiadas veces en manos de populistas que ni creen en la democracia ni en los valores ilustrados que representa. El neoliberalismo y su globalización turbocapitalista han hecho aguas, pero han sido sustituidos por un insolidario proteccionismo regido por la ley del más fuerte. El colonialismo, el matonismo machista, la violencia, el negacionismo científico (especialmente grave en los aspectos sanitarios y de emergencia climática), incluso el genocidio, están al alza.

Cuanto más evidentes son las catastróficas señales que reclaman reforzar los derechos y el estado de bienestar, o tomar medidas para limitar la brecha acelerada entre los más ricos y el resto, o reforzar las instituciones internacionales…, más parecen triunfar las opciones de los charlatanes que propugnan todo lo contrario. Analizamos lo que acontece para buscar un sentido, una salida, una esperanza, pero, ante un panorama tan incomprensible como imprevisible, se nos están agotando las herramientas de una hermenéutica solvente. El «descomunismo» que advocábamos en el primer artículo como sinónimo de caos, desconcierto, «sindiós», ya se ha instalado en el mundo. Nunca ha habido tanta tecnología, tanta capacidad de conocimiento, tanta comunicación, pero imperan la ignorancia, la soledad en medio del griterío y la insolidaridad.

Es tal el ruido, la vesania desatada, la impotencia para virar el rumbo hacia la inminente catástrofe, que cobran sentido las palabras de Wittgenstein: «en la frontera del lenguaje -que ahora hemos desquiciado, añado yo- es donde habita el silencio». Porque «muchas palabras no hacen sino ocultar el vacío, disfrazar la incertidumbre o evitar el vértigo del no saber; aquí es donde el silencio se vuelve una forma de sabiduría. Callar no es rendirse, callar es comprender que hay fronteras naturales en nuestra capacidad de describir el mundo y, más aún, de describirnos a nosotros mismos». Y así, asumiendo la máxima del filósofo alemán («quizá el silencio sea la última verdad que nos queda»), nos callamos.

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