Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Siete vidas en trece kilómetros

La N-122, a su paso por el Campo de Borja, acumula demasiada memoria trágica. Ayer volvió a ocurrir. Cuatro personas perdieron la vida y otra resultó gravemente herida tras un violento choque frontal entre un turismo y un camión, entre Bulbuente y Maleján. Cuatro jóvenes vidas detenidas en un instante. Cuatro familias que, desde hoy, arrastrarán el peso de una ausencia irreversible. Resulta inevitable evocar lo sucedido el pasado 2 de junio. Aquella vez fueron tres los fallecidos bajo un guion casi idéntico. Una furgoneta y un camión. Un hombre de 47 años, una joven de 17 y un bebé de apenas cuatro meses. Ocurrió en Agón, en el punto kilométrico 53 de la misma N-122, a solo trece kilómetros del siniestro de ayer. En la carretera, esa distancia a veces parece un mundo; tras sumar siete muertes en poco más de dos meses, se revela dolorosamente corta. Aunque la investigación determinará las causas exactas, el negro historial de esta vía permite adivinar la fatal secuencia.

El problema de la N-122 no es nuevo. El tramo entre Borja y Maleján arrastra años de denuncias por su extrema peligrosidad. Hace tiempo que se exigen mejoras estructurales para calmar el tráfico y, fundamentalmente, para separar los dos sentidos de circulación cuyo cruce frontal se puede convertir en una sentencia de muerte.

Ya en 2021 se canalizaron protestas públicas sobre la urgencia de actuar en este trazado. Más tarde, en 2025, una iniciativa parlamentaria en el Congreso urgió la construcción de la variante, catalogando formalmente este sector como un punto negro. No estamos ante un problema recién descubierto, es una infraestructura sobre la que se ha advertido, debatido y reclamado de forma sistemática. Mientras tanto, los vehículos avanzan, los camiones de gran tonelaje se cruzan y los ciudadanos siguen jugándose la vida en una vía convencional donde el desastre aguarda en una fracción de segundo. La planificación vial debe priorizar la seguridad de los conductores, minimizando el impacto del error humano para que este no se pague con la salud o con la vida. Por ese motivo las carreteras se modernizan, se desdoblan, se mantienen y se proyectan variantes. El objetivo no es la comodidad del viaje —que también—, sino la garantía básica de regresar a casa sanos y salvos.

Tras el impacto de ayer, los lamentos institucionales resultan insuficientes. Tampoco basta con reiterar que la variante Borja-Maleján es una prioridad, hay que ejecutarla. Mientras se materializa, urge determinar qué medidas de contingencia inmediatas pueden adoptarse para frenar el riesgo en este asfalto.

Este verano golpea con dureza a las carreteras aragonesas. Junio concluyó con diez víctimas mortales, julio segó cuatro vidas y la tragedia de ayer eleva a siete los fallecidos en agosto. Según datos provisionales de la Dirección General de Tráfico, Aragón acumula ya 38 víctimas en vías interurbanas en lo que va de año, frente a las 33 del mismo periodo de 2025. Una estadística insoportable que exige una profunda y urgente reflexión colectiva.

Tracking Pixel Contents