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Opinión

Eclipsados por el ideologismo

El ideologismo convierte las ideas en dogmas y la pertenencia a un grupo en una forma de identidad que difícilmente admite la discrepancia

El pasado 12 de agosto vivimos un eclipse solar total en nuestra área geográfica. Fue un acontecimiento que nos tuvo a muchos eclipsados. Me produjo una gran emoción ver durante noventa segundos cómo se oscurecía el día y cómo aparecía ante nuestros ojos ese anillo brillante en el cielo. Cuando volvemos a la vida cotidiana y el recuerdo del eclipse solar se va diluyendo, surge otra vez de manera impetuosa y obsesiva ese martilleo a cuenta de la política. Vivimos realidades oscuras cuando determinados aspectos de nuestra vida social terminan eclipsando nuestra capacidad para mirar, comprender y juzgar por nosotros mismos. Este es, a mi juicio, el caso del ideologismo.

La ideología es buena y necesaria. Nos permite tener valores, principios e ideas desde los que interpretar el mundo y orientar nuestra conducta. Todos tenemos ideología. El problema aparece cuando las ideas dejan de ser instrumento para comprender nuestra realidad y actuar de acuerdo con nuestras convicciones. El ideologismo convierte las ideas en dogmas y la pertenencia a un grupo en una forma de identidad que difícilmente admite la discrepancia. El pensamiento deja de ser una búsqueda personal y pasa a estar condicionado por lo que establece el partido, el líder o la comunidad de pertenencia. Se exige fidelidad, se cierran filas y quien manifiesta una opinión diferente corre el riesgo de ser considerado desleal a la causa. Cuando esto sucede, la persona puede acabar renunciando a su propio criterio para conservar la pertenencia al grupo. La cuestión ya no es si una idea es justa y razonable, sino el hecho de que se exige defenderla; es entonces cuando la pertenencia al grupo pesa más que la conciencia, el pensamiento crítico queda eclipsado.

Una práctica del ideologismo es la necesidad de etiquetar al contrario como progre, rojo, facha, ultra, comunista, neoliberal, fascista…. Esto sirve para describir determinadas posiciones ideológicas, pero se convierte en un problema cuando se utiliza para descalificar y discriminar a la persona. Y lo que es peor: dividir el espacio social y político entre las categorías de malos y buenos. El ideologismo no pertenece exclusivamente a una determinada ideología ni a un único espacio político, suele aparecer en cualquier grupo cuando la fidelidad está por encima de las ideas. Puede darse entre grupos enfrentados y dentro de ellos mismos. Cuando los intereses del grupo están por encima de las ideas, se abona el terreno de la polarización, la manipulación, la difusión de bulos y la violencia verbal. No se busca comprender la realidad sino imponer un relato sobre ella.

En nuestras sociedades democráticas se necesitan ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, defender ideas sin dogmatizarlas, buscar la verdad y poder cambiar de opinión sin sentirse humillado, tener ideología, pero sin estar eclipsados por ella. Los ciudadanos corrientes, aquellos que no desean vivir permanentemente inmersos en batallas ideológicas, pero que tienen principios, valores, ideas y convicciones, pueden sentirse cada vez más incómodos ante una sociedad que parece exigirles tomar partido por todo y contra alguien; también ellos tienen derecho a la discrepancia, a la duda y a la libertad de pensamiento. Es bueno recordar que ser persona está por encima de cualquier etiquetado, de cualquier pertenencia política, de cualquier idea. Como dijo Unamuno: «Los hombres antes que las ideas».

Cuando las ideas iluminan la realidad, nos ayudan a comprenderla, cuando la eclipsan, dejan de ser una herramienta de libertad y pueden convertirse en una forma de oscuridad. Nuestro verdadero reto consiste en ejercitar nuestro pensamiento, defender y hacer florecer nuestras ideas, favoreciendo siempre la comprensión y el respeto hacia quien no piensa igual, buscando senderos para caminar juntos hacia la humanización. Al final, aunque pueda parecer una utopía, frente al ideologismo se debe estimular el pensamiento crítico, es decir, esa capacidad de analizar, evaluar y contrastar la información disponible con el fin de verificar su veracidad y formar un juicio propio. Esto exige pedagogía y esfuerzo por parte de todos, especialmente quienes tiene funciones educadoras, ya que el problema no se encuentra solo en el eclipse de las ideas, sino en la necesidad de no acostumbrarnos a vivir en la penumbra.

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