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Opinión | Fuera de campo

El fuego, que se quede en el cine

Qué dolor tener el fuego tan de cerca. A nosotros nos rodeó cuando estuvimos este mes en la Jacetania. Un abrazo vasto y solidario a toda esta poderosa y valiente comarca, a sus víctimas y familias, y al resto que injustamente también lo padecen. El imaginario del fuego es muy amplio. La enciclopedia Herder ya decía que el fuego era un símbolo universal de “transformación, purificación, pasión y energía vital. Representa tanto la fuerza creadora como la destructora, el calor del hogar y la iluminación espiritual o el conocimiento prohibido”. El fuego cinematográfico casi nunca ha sido solamente fuego. En la pantalla ha sido todo esto y más: censura, conflicto y destrucción, pero también ha ardido en deseo y pasión, purificación, conocimiento y transformación hasta llegar a ser la belleza más hipnótica. En el cine ha sido, ante todo, metáfora, y sus historias, provocados McGuffin apoyados en incendios, volcanes, guerras, hogueras y hasta quemas rituales, de un fuego siempre descarado protagonista. Éste, que se quede siempre en el cine.

Si tuviéramos que hacer una selección protagonista de lumbres, llamas y hogueras, mi selección personal podría ser tal que así… El fuego como desastrosa destrucción de la cultura: ‘Fahrenheit 451’ (François Truffaut, 1966). “Era un placer quemar”, decían en la cinta. “En un futuro totalitario, los bomberos no apagan incendios: queman libros. El fuego representa la destrucción de la memoria, el pensamiento crítico y la cultura, mientras el protagonista comienza a cuestionar su trabajo”. En Sight & Sound, Penelope Houston ya destacó como “Truffaut expresa una lealtad inquebrantable a la palabra escrita”, tanto en la esencia de la novela de Ray Bradbury como en el espíritu que denuncia el largo. Por otro lado, mi querida Ivonne Blake, su diseñadora de vestuario, también tuvo sus chispas con Truffaut como bellamente contaba —sparks de conexión y debate—, con un cineasta carisma que enamoró a generaciones de públicos.

En mi infancia se fraguó un género a mayor gloria de la gran pantalla, el cine de catástrofes y, entre las variantes, el fuego como demonio a combatir. En ‘El coloso en llamas’ (John Guillermin e Irwin Allen, 1974), “un incendio se desata durante la inauguración de un gigantesco rascacielos de San Francisco. El edificio entero se convierte en una trampa vertical donde arquitectos, bomberos y supervivientes luchan contra las llamas”. Para el crítico de cine Roger Ebert fue, “con diferencia, la mejor cinta” entre la oleada de largometrajes de catástrofes de mediados de los setenta. En todas ellas, había que liderar al grupo para plantarle cara, a toda costa, a la desgracia. Como decía Steve McQueen como jefe de bomberos en el mítico film, “cuando hay un incendio, supero en rango a todos los presentes”.

Y profundizando en lo más hondo de nuestra naturaleza, no deja de sorprendernos el descubrir un fuego como imagen de la atrocidad humana. En ‘Ven y mira’ (Elem Klimov, 1985), título de carne de filmoteca, “un adolescente bielorruso contempla la destrucción de su pueblo durante la ocupación nazi. Las casas incendiadas y la devastación convierten el fuego en una imagen de la barbarie absoluta de la guerra”. Aquí Roger Ebert ya destacó que se trataba de “una de las películas más devastadoras jamás realizadas”. ‘Ven y mira’, un título inspirado en el capítulo 6 del ‘Libro del Apocalipsis’.

También merece la pena detenernos en el fuego como personaje vivo. No es otro que el de ‘Llamaradas’ (Ron Howard, 1991) donde “dos hermanos bomberos investigan una serie de incendios provocados en Chicago. El filme convirtió el fuego en un auténtico personaje: respira, avanza, cambia de comportamiento y parece poseer voluntad propia”. Rotten Tomatoes ya dijo que estábamos ante toda “una sólida película de acción con unos efectos especiales excepcionales”. Un Robert De Niro, inspector de incendios, exclamó la sabia frase de “es un ser vivo. Respira, come... y odia. La única manera de vencerlo es pensar como él”.

Y representando un bloque final donde el fuego pueda ser belleza, pasión, pero también conocimiento y muerte, nos encontramos con el hipnótico documental Fire of love’ (Sara Dosa, 2022) que “recupera las extraordinarias imágenes filmadas por los vulcanólogos Katia y Maurice Krafft, cuya relación amorosa estaba unida a su fascinación por los volcanes. Lava, magma, fuego y ceniza son simultáneamente paisaje, pasión y destino”. Esta vez Roger Ebert habla sobre lo que representa “un poema de matrimonio y magma”. “Los volcanes tienen que destruir para crear”, decía su narradora Miranda July mientras reflexionaba sobre la dualidad de la naturaleza y los pensamientos más profundos de la pareja.

Personalmente me quedo con el fuego que representa mi venerado David Lynch, que tras cualquier dolor o trauma abre el umbral hacia el inconsciente y lo espiritual. También con el de Andrei Tarkovski en trabajos como ‘Sacrificio’ (1986), preocupado por las grandes cuestiones morales de nuestra civilización. Aquí, la casa en llamas del protagonista —no la del film de Dani de la Orden— ante la amenaza nuclear, fue una de las imágenes rodadas más potentes y simbólicas del cine. Y el fuego de ‘Gernika’ (2016) de mi queridísimo Koldo Serra, que con gran inteligencia recreó el simbolismo histórico ante destrucción de la ciudad, que inspiró la obra de Pablo Picasso.

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