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Opinión

Ruta ártica de la seda

La apertura de la nueva ruta ártica de la seda entre China y Europa es una realidad con el despacho por ella esta misma semana de mercantes chinos que en época de deshielo la empiezan a utilizar mediante un acuerdo con Rusia. El cambio climático hace posible que durante un máximo de cinco meses se pueda disponer de navegación entre los puertos chinos y Europa, una alternativa a la ruta meridional -por el océano Índico, el mar Rojo y el canal de Suez-, que se prolonga entre un mes y 40 días según sea el puerto final de destino, mientras que la ruta nórdica la acorta unos 20 días. Ese nuevo vínculo económico entre Pekín y Moscú preocupa en la OTAN por la posibilidad de que, a la larga, lleve aparejada una militarización del Ártico y una gestión en exclusiva de Rusia del derecho de paso.

Las condiciones de apertura de la bautizada como Ruta Marítima del Norte, que podría estar abierta todo el año si sigue sin freno el retroceso del casquete polar, contravienen en parte la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar porque Rusia se reserva la autorización del tránsito de buques, el control de los mismos y aun quizá el cobro del alguna forma de peaje dentro del límite de las 200 millas de la Zona Económica Exclusiva. En términos generales, las atribuciones que Rusia pretende aplicar responden a un marco establecido en su día por la comunidad internacional para preservar el medio ambiente en los mares helados. Pero, en cambio, vulneran el sentido de las leyes del mar al pretender excluir el paso de buques con fines civiles, en un ejemplo más de que la pugna por el control de los cuellos de botella del comercio marítimo internacional (como las pugnas por Ormuz o el Mar de la China) se rige ya abiertamente por cauces ajenos a la legislación internacional.

Desde luego, la ruta por el Ártico no se justifica solo con la reducción del coste del transporte, sino que es una operación de orden estratégico que refuerza la cooperación chino-rusa, atañe a los aliados europeos y los obliga a ahondar en la necesidad de acelerar el desarrollo de la autonomía estratégica. Ese último requisito requiere acotar con precisión el vínculo económico de los socios de la Unión Europea con China tras un largo periodo de dudas entre los países más recelosos y aquellos más dispuestos a dar forma a una nueva ruta de la seda y a las inversiones asociadas a ella.

Sopesadas ambas posiciones, se antoja tan determinante la importancia que para China tiene el comercio con Europa como la desconfianza manifestada por la OTAN. Las exportaciones chinas al conjunto de la Unión Europea en 2025 sumaron 559.400 millones de euros; las exportaciones europeas a China ascendieron a 199.600 millones. Un desequilibrio gigantesco que obliga a las autoridades chinas a no enturbiar las relaciones con los Veintisiete y a estos a pensar en igual medida en la seguridad y en aminorar un déficit comercial siempre en aumento.

Desde el inicio de la guerra de Ucrania ha prosperado la idea de una alianza estratégica de Rusia con China, que incluye el suministro de petróleo, pero Pekín ha evitado presentar tal alianza como un desafío o factor de presión sobre Europa, y se ha preocupado incluso de tranquilizar a sus invitados más inquietos. Del interés de China por primar la apertura internacional de su comercio sobre otros intereses, no de las aspiraciones que pueda tener Putin, depende que esa nueva ruta no se convierta en un nuevo factor de inseguridad.

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