Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA
Hemingway, "censor" de la República
Desde su llegada a España, en marzo de 1937, como corresponsal para la North American Newspaper Alliance, Ernest Hemingway siempre sintió una tan profunda admiración por la causa de la República como aversión por el ejército de Franco. Su colega, John Dos Passos, había llegado a la capital de España con el mismo sentimiento, hasta que supo que su amigo (y traductor al español de su novela Manhattan Transfer), el filólogo español José Robles Pazos, había sido detenido en Valencia por agentes soviéticos, y posteriormente asesinado, a principios de 1937. De manera que, al menos para poder consolar a su viuda, John Dos Passos se dirigió al ministro de Estado de la República, Julio Álvarez del Vayo, solicitándole información sobre las circunstancias del asesinato de Robles, de los responsables del crimen y del lugar donde podría estar su cadáver. Pero, más allá de promesas vagas, no obtuvo respuesta satisfactoria alguna de él.
Lo peor, sin embargo, llegó cuando Hemingway, sabedor de que su amigo sentía una lógica preocupación sobre el paradero de su amigo, el escritor justificó su muerte, aduciendo que si Robles había sido ejecutado sería porque era un traidor, por lo que, en tiempos de guerra, aquel había sido «un acto necesario y correcto para la causa».
Aquella gélida y deshumanizada respuesta de Hemingway a Dos Passos, acabaría rompiendo la gran amistad que durante años había cristalizado entre ellos, la cual les había llevado a colaborar activamente en el documental (titulado The Spanish Earth-Tierra española-) que el realizador neerlandés, Joris Ivens, estaba filmando en España en apoyo del Gobierno de la República.
Pero Ivens (seguramente un agente de la Komintern, la Internacional Comunista) compartía la opinión de Hemingway, a quien sugirió que lo mejor sería que fuera él quien asumiera la tarea -hasta entonces en manos de Dos Passos- de escribir la narración en off para The Spanish Earth. Y efectivamente, Hemingway escribió el texto y puso la voz en off del filme, mientras su ex amigo, John, quedaba relegado del proyecto fílmico.
Una prueba excepcional de la identificación de Hemingway con la República española, la encontramos en una inusual colaboración suya en la prensa española. Se trata de un relato corto de no ficción, titulado irónicamente Terror en Madrid, publicado el 5 de noviembre de 1938 en La Voz de Madrid, «semanario de información y orientación de ayuda a la democracia española», que empezó a editarse en París en julio de 1936.
En dicho artículo, Hemingway se jacta de cómo en los últimos días de abril de 1937, su oportuna intervención en el hotel Florida de Madrid había impedido que un reportero estadounidense, al que no cita (en realidad era británico: Frederick Voigt, reportero del Manchester Guardian) enviara una fake news a su periódico sobre los crímenes que se estaban produciendo en Madrid. El artículo de Voigt comenzaba de esta guisa: «Aquí, en Madrid, reina el terror. Miles de cadáveres...».
Y para que llegara a su periódico, eludiendo a la censura, Voigt se lo había entregado, en un sobre lacrado, a (Hemingway no da su nombre, pero casi con toda seguridad era su compañera sentimental, Marta Gelhorm), una periodista que salía de España esa misma tarde, diciéndole que se trataba de una información sobre Teruel, ya visada por la censura.
Enterado Hemingway de la existencia de ese sobre, le dijo a la periodista: «Es mejor que usted me lo entregue para llevarlo a la censura. –¡Pero si él me aseguró que era sólo una copia de un despacho sobre Teruel, ya visado! Nunca se fie de un hombre (Frederick Voigt) que se arregla demasiado para tapar su calva– le respondí. La chica me entregó el sobre».
Cuando la censura abrió el sobre que Hemingway le entregó, descubrió que Voigt no había escrito una información sobre Teruel, sino «un artículo que decía: «El terror se adueña de Madrid», y describía el horrendo espectáculo de miles y miles de cadáveres encontrados en la vía pública».
Lo trágico de este relato es que, si bien en Madrid, en aquellos días, no había miles de cadáveres sobre las calles, sí que había, en tétricos sótanos de la ciudad, más de 300 checas en las que se reprimía, torturaba y asesinaba. Aunque Hemingway no lo supiera (o sí).
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