Opinión | El trasluz
Todo está hecho de alguien

Carretera. / Archivo
Soñé que conducía mi coche por una carretera que no estaba hecha de asfalto, sino de espaldas humanas y lomos de animales.
Una infraestructura como cualquier otra, una obra pública. Las personas y las bestias se entrelazaban con una precisión admirable, hombro con hombro, lomo con lomo, formando una calzada flexible que cedía unos centímetros bajo el peso de las ruedas. Una realidad blanda, como la de los relojes de Dalí. Avanzaba despacio por miedo a dañar aquellos cuerpos, aunque comprendía al mismo tiempo que el problema no era yo, sino la existencia misma de ese tipo de carreteras que se estaban poniendo de moda porque resultaba baratas y no necesitaban apenas de mantenimiento.
No se veían caras. Solo nucas, vértebras, omóplatos, crines, pieles, costillas que crujían bajo la presión de las ruedas. La transición entre unas especies y otras era tan natural que resultaba difícil advertir la diferencia. Todo era carne, a fin de cuentas. Circulaban otros coches. Algunos adelantaban con impaciencia. Otros hacían sonar el claxon, irritados porque alguien reducía la velocidad para esquivar un codo o una pezuña mal colocados. Nadie se extrañaba del material del que estaba hecha la autopista. Tampoco en la vigilia nos preguntamos de qué está hecha la comodidad. De qué está hecha la vida.
Al despertar tardé unos segundos en recuperarme. La costumbre, pensé, anestesia. Nos hemos acostumbrado a que una parte del mundo soporte el peso de la otra. Nos acostumbramos a vivir sobre espaldas ajenas como si eso fuera un invento de la naturaleza y no una construcción social. Casi todas las carreteras están hechas de alguien. De repartidores, de agricultores, de enfermeras, de su espalda de usted y de la mía, además de la de animales convertidos en alimento, de árboles transformados en muebles, de cuerpos y vidas que desaparecen bajo una capa de comodidad tan negra y uniforme como el asfalto. Al calzarme, descubrí en la suela de los zapatos unos pelos que parecían haber salido del sueño.
Fuente: La Nueva España
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