Opinión
Morir dignamente
No parece descabellado pedir que este momento sea lo más íntimo posible. Y por qué no... lo más breve posible
Las circunstancias cercanas provocaron que la anterior columna fuese una denuncia referida a la dejadez del lugar en el que descansan nuestros muertos, consecuencia de las recientes visitas por el fallecimiento de dos personas queridas. Hoy quiero hablar de lo que sucede unas horas/días antes, haciéndome eco de una carta al director que escribe uno de sus familiares y, que también lo es mío, y por lo tanto compartimos esos momentos previos, creo que, con inquietudes muy parecidas, por eso no voy a buscar un título alternativo. Es tan acertado como todo lo que expresa en sus líneas, de las que tomaré prestadas algunas frases porque soy incapaz de escribirlo mejor.
Y, por supuesto, no pretendo abrir polémica, respetando absolutamente a quienes piensan de otro modo y prefieren que la naturaleza siga su curso. Supongo que el coraje necesario para fallar en un sentido o en otro, es muy parecido.
Creo que una de las decisiones más difíciles y más tristes que el camino puede poner sobre ti como una losa, es la de asumir la sedación de un familiar, pero cuando los médicos advierten de una situación irreversible, y el deterioro está siendo tal que ya no reconoces a quienes fueron, en cuestión de unos minutos comprendes, por duro que sea, que la opción debe ser que puedan despedirse de la vida sin sufrimiento, con tranquilidad, acompañados de los suyos, sintiendo sus abrazos pero en un estado de inconsciencia que no permite captar el llanto y la orfandad que dejan.
No parece descabellado pedir que este momento sea lo más íntimo posible, y por qué no decirlo... lo más breve posible; no puede ser tan complicado humanizarlo en grado superlativo. Y no... no hablo de los profesionales, a quienes de un modo u otro también les toca pasar el trago, muy al contrario (creo que es algo a lo que es difícil acostumbrarse, aunque lo vivan continuamente). Para ellos y ellas, pendientes en cada momento de lo que necesitas, sólo hay gratitud. A lo que me refiero es a los medios y a los protocolos.
No puede ser que la familia esté llorando a quien se va, mientras un estor enrollable y un par de biombos sean lo único que le separen de otro paciente que de forma resignada y con sus propios miedos tiene que asistir a ese desenlace inevitable como invitado obligado. Es absolutamente necesario que algunas plantas (quizá Medicina Interna, Oncología, Cardiología, Geriatría...) donde el número de decesos es más habitual, dispongan de un espacio, una habitación vacía donde los familiares puedan despedirse con tranquilidad, sin reprimir su pena por estar pendiente de quien está al otro lado de la cortina. Por empática y agradable que sea la persona que durante varios días ha compartido habitación, no merece ni escuchar, ni sufrir ese último aliento. Según como se sucedan los acontecimientos, puede resultar tan angustioso como para la familia.
Con la de plantas que se cierran por otro tipo de decisiones, no parece excesivamente complejo habilitar algunas dependencias que estén disponibles para esta situación. Pero voy más allá, refiriéndome a los míos. En el primer caso, fueron siete horas, en el segundo setenta y dos (tres días).Absolutamente agotador, no sé si para quien se va (quizá también, aunque prefiero pensar que no), pero para quienes le acompañan supone alargar un momento de final conocido, y tomada la decisión que es lo más difícil, ¿qué necesidad? Quizá sea una cuestión polémica, pero ¿por qué no revisar los protocolos en los que se administra la sedación para acortar ese momento inevitable?
Probablemente y sin minimizar el acierto, a ese título Morir dignamente le añadiría algo, porque creo que también es necesario poder «Despedir dignamente»
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