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Opinión

Alberto Quílez Robres

Alberto Quílez Robres

Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza

El aula de talla única

Septiembre tiene sus propias costumbres. Se forran libros, se compran cuadernos que ya imaginan los dibujos e historias que los llenarán y las familias prometemos que este año por fin, sí habrá horarios, orden y meriendas saludables. Todo irá perfecto, venimos renovados de las vacaciones, nos repetimos una y otra vez. Mientras tanto, en los centros, la maquinaria educativa se empieza a engrasar, se rehacen listas, se encajan horarios, se cuadran guardias y se intenta resolver en pocos días un rompecabezas en el que siempre faltan piezas.

Después llega el primer lunes de verdad. Un docente entra en clase, mira al frente y encuentra veinticinco alumnos. La administración ve una ratio, el horario ve una hora y el currículo ve una materia. Pero allí no hay una unidad homogénea: hay veinticinco cerebros, veinticinco historias y veinticinco maneras de atender, comprender, recordar, emocionarse y aprender. Pese a ello, buena parte de la escuela sigue funcionando como una tienda de talla única. Misma explicación, misma actividad, mismo tiempo y examen. Quien cabe en la prenda obtiene buenas notas y quien necesita otra talla empieza a pensar que el problema está en su cuerpo. Traducido al aula: unos se aburren, otros se pierden y muchos aprenden pronto a disimular, mientras todos hacemos lo que podemos. Hay alumnos brillantes que reducen su curiosidad para no llamar la atención. El que tiene dificultades lectoras memoriza lo que puede para evitar leer en público, el que necesita movimiento recibe instrucciones para permanecer quieto, el que tarda más en procesar escucha «date prisa» y, el que termina antes recibe como premio otra ficha, trabajo extra. Después nos sorprende tener que hablar de desmotivación, de desconexión o de conflicto, como si fueran fenómenos meteorológicos.

Conviene aclararlo: esto no ocurre porque el profesorado no quiera atender a la diversidad. Ocurre porque le pedimos que lo haga con aulas numerosas, currículos extensos, tiempos rígidos y una burocracia que, a veces, exige más evidencias de lo que enseñamos que tiempo para enseñar. Hemos convertido la inclusión en una cuestión estética y poco práctica. Sin embargo, si hablamos de intervención efectiva, personalizar no significa preparar veinticinco clases diferentes ni convertir al docente en una plataforma de contenidos con piernas. Significa diseñar mejor desde el principio. Una misma situación de aprendizaje puede tener distintas puertas de entrada, apoyos graduados, niveles de profundidad y formas diversas de demostrar lo aprendido. Todos pueden trabajar sobre una pregunta común sin recorrer exactamente el mismo camino.

Pensemos, por ejemplo, en una clase que investiga cómo mejorar el barrio. Unos alumnos pueden interpretar planos y datos; otros entrevistar a los vecinos; otros elaborar propuestas visuales; otros calcular costes o defender las conclusiones ante el grupo. El objetivo compartido no desaparece, simplemente lo que cambia es la posibilidad de participar desde fortalezas distintas y avanzar con retos ajustados. Eso no rebaja el nivel: evita que el nivel sea una pared para unos y un techo bajo para otros.

También deberíamos revisar nuestra obsesión por confundir igualdad con uniformidad. Tratar a todos exactamente igual parece justo hasta que descubrimos que no todos parten del mismo lugar, necesitan el mismo apoyo ni pueden mostrar lo que saben del mismo modo. La equidad no consiste en regalar resultados, sino en retirar obstáculos innecesarios. Y no es bajar la montaña, sino ofrecer caminos transitables y permitir que quien pueda llegar más lejos no tenga que detenerse en el primer mirador y que quien necesite ayuda para avanzar lo pueda hacer acompañado. Realmente, el verdadero cambio comienza cuando dejamos de preguntar «¿qué le pasa a este alumno?» y empezamos a preguntarnos «¿qué ocurre entre este alumno y la forma en que hemos organizado el aprendizaje?». La primera pregunta busca el defecto en el niño. La segunda nos obliga a mirar también la tarea, el lenguaje, el tiempo, el entorno, la evaluación y nuestras expectativas.

Puede ser que el nuevo reto de este curso no sea inventar una escuela completamente nueva, sino dejar de pensar que la diversidad es una excepción. La diversidad es el punto de partida y lo excepcional es seguir diseñando para un estudiante medio que solo existe en las estadísticas.

Dentro de unos días volverán a llenarse las aulas. Veremos veinticinco o más nombres en una lista, pero convendría recordar que no estamos ante veinticinco recipientes que deban llenarse al mismo ritmo. Estamos ante veinticinco personas que necesitan sentirse capaces, reconocidas, queridas y desafiadas. Puede que poner el aula al revés consista en eso: dejar de preguntarnos cómo conseguimos que todos encajen en la misma enseñanza y empezar a diseñar una enseñanza en la que todos tengan un lugar.

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