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Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

Goscinny, el irreductible

Estamos en el año 1959 después de Cristo. Todas las publicaciones de cómic en Francia están invadidas por las aventuras de Tintin (inolvidable personaje creado en 1929 por el belga Hergé) y superhéroes americanos (Superman, Batman, Wonder Woman, Aquaman…). ¿Todas? No. El 29 de octubre de 1959 nacía una nueva revista de irreductibles: Pilote, en cuya portada de su primer número aparecía un curioso hombrecillo, con casco alado y un gran bigote, al estilo del que pudo tener Vercingetórix, el jefe de las Galias que combatió bravamente, hasta su derrota en el 52 a.C., al romano Julio César (Julio, para los irreductibles galos).

Astérix y Obélix, su inseparable amigo, acababan de nacer. Sus creadores: los franceses Albert Uderzo (1927-2020) como magistral dibujante y René Goscinny, guionista de los geniales y divertidos diálogos de sus aventuras, de quien el pasado 14 de agosto se cumplió el centenario de su nacimiento (París, 14 de agosto de 1926).

Aunque francés de nación, los padres de Goscinny provenían de la Europa del Este (Polonia y Ucrania) y dada su ascendencia judía, muchos de sus familiares sufrieron los pogromos de la persecución nazi y perecieron en la Shoah (el Holocausto) de los campos de concentración. Un hecho que, aunque el creador de Astérix refirió en contadas ocasiones a lo largo de su vida, marcó la perspectiva de toda su carrera. Fallecido, con apenas 51 años de edad, el 5 de noviembre de 1977, los restos de Goscinny reposan en el cementerio judío de la ciudad de Niza.

La vida del joven René se ajustó a la literaria del judío errante, pues cuando apenas tenía dos años, la familia se trasladó a vivir a Buenos Aires, donde su padre, Stanislaw, había encontrado trabajo para la Jewish Colonization Association. Posteriormente, en 1945 finalizada la Segunda Guerra Mundial, se mudaría de nuevo, junto a su madre, a Nueva York, donde Goscinny comenzó sus trabajos como dibujante y guionista de tiras cómicas.

Y fue en la Gran Manzana donde, en 1949, conocería al historietista belga Maurice de Bévère (Morris), quien en 1946 había creado al personaje de cómic Lucky Luke. Aquel fue un encuentro providencial de artistas, pues en 1955 Goscinny se incorporó a la saga del afortunado vaquero (añadiéndole su sello de identidad: «el hombre que dispara más rápido que su propia sombra»), como guionista de sus aventuras, de las que, hasta su muerte repentina en 1977, llegó a escribir 38 álbumes, siendo el último el titulado El hilo que canta.

Tras su estancia en Nueva York, Goscinny regresó a París y fue allí donde, en 1951, conocería a Albert Uderzo, con quien años después crearía las aventuras de Astérix el galo, de cuya génesis existe una divertida anécdota narrada por el historietista francés José-Louis Bocquet: Goscinny y Uderzo –que buscaban urgentemente una idea para el lanzamiento de la revista Pilote y disponían de apenas dos días para encontrarla– se reunieron de urgencia en la casa de Uderzo con la presión de tener que crear –para ya– un personaje basado en la historia de Francia. Tras descartar opciones (pensaron que los hombres prehistóricos no tenían gracia) se decidieron por los galos de una imaginaria e irreductible aldea que, en el año 50 antes de Cristo, seguía resistiendo titánicamente a la invasión de Roma. Y acertaron de pleno en la elección.

Goscinny (también creador, en 1962, de las aventuras de Iznogud, junto a Jean Tabary), supo crear en Astérix el galo, a partir de una asombrosa erudición, un maravilloso universo propio, plagado de situaciones cómicas, personajes imposibles, paisajes realmente mágicos, y un lenguaje cómplice, honesto y embadurnado de ironía, adornado de ingeniosos juegos de palabras y desternillantes nombres propios (por ejemplo, el del divertido pescadero de la aldea, llamado Ordenalfabétix, el de su mujer Yelosubmarin, o el del herrero, Esautomátix).

Sin embargo, es muy posible que, como explica la ilustradora francesa Catherine Muller, haya existido un profundo vínculo entre las adversidades que vivió Goscinny y su necesidad visceral de reír y hacer reír. En este sentido, Morris dijo de Astérix, que «es el rostro de un pueblo amenazado que usó su ingenio para resistir a una fuerza ocupante». Una idea de irreductible resistencia que ha resonado en todas las edades y lugares. También en nuestros días.

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