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Opinión

Zaragoza

Expolio y ficción

Elisabeth Anglarill, escritora, periodista y novelista, se ha inspirado en las ruinas de Ampurias para componer su primera novela, Los malos muertos (Siruela)

La arqueología como marco escénico y argumental ha dado muchas oportunidades y alegrías tanto al cine como a la literatura. Son ciertamente innumerables los ejemplos en los que antiguos yacimientos, misteriosos amuletos, espantosas momias, sepulcros profanados o extraños e inexplicables descubrimientos en tal o cual excavación dieron como resultado colateral una película o una novela.

Paradigmático, en esa línea, sigue siendo el nutritivo «aprovechamiento» que Agatha Christie obtuvo de su matrimonio con el arqueólogo británico Max Mallowan y de sus visitas -junto con sus compañeros de la National Geographic-, a las excavaciones de la antiquísima ciudad de Ur, en Mesopotamia, y también en Assuan, en el alto Egipto. Sin esa experiencia y ayuda, probablemente «la dama del crimen» no habría escrito Muerte en el Nilo, entre otras piezas maestras.

Elisabeth Anglarill, escritora, periodista y novelista, se ha inspirado en las ruinas de Ampurias para componer su primera novela, Los malos muertos (Siruela). Su trama transcurre ente los años veinte del pasado siglo y la actualidad. Hace un centenar de años, Ampurias comenzaba a dar grandes sorpresas a los primeros equipos de historiadores y arqueólogos que profundizaban en sus entrañas con picos y palas y en los misterios de su pasado con los conocimientos de la colonización griega de la península, siendo enclaves destacados varios puertos de la Costa Brava, como éste, más adelante colonizados por la invasión romana de Hispania.

El argumento de Los malos muertos alimenta sus conflictos y giros con una práctica que, allá a principios del siglo XX, se extendió por España, Francia, Italia... Consistía en expoliar de diversas maneras (la compra fraudulenta, el trueque, el robo...) piezas antiguas de gran valor. Que bien podían ser románicas, góticas, barrocas, o mucho más más antiguas, como aquellas esculturas, ánforas, monedas o cerámicas que comenzaban a aparecer entre las ruinas de Ampurias, y cuya trascendencia y «precio de mercado» tan ajenas resultaban en un primer momento a una mayoría de «aficionados» al arte (entre los cuales los propios obreros o estudiantes que se aplicaban a excavar). No así, naturalmente, para ojos más expertos, y acaso más ambiciosos, lo suficiente, al menos, como para organizar o sistematizar el hurto de las mejores piezas.

Un buen tema de fondo para una buena intriga.

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