Opinión
Me trajo el mar
La escritura, cuando es sincera, siempre nos muestra lo que hay en la mente y en el corazón de sus autores
El título que doy a este artículo es el de un librito de poemas que he leído: Me trajo el mar. Su autor es un joven de 31 años, Ismael Diallo Cami. Como dice él, nació en un barrio de mala fama en Guinea Conakri. Emigró a España en una patera, entre las olas de un mar embravecido con el que se enfrentaron un grupo de personas hasta llegar al lugar soñado. La escritura, cuando es sincera, siempre nos muestra lo que hay en la mente y en el corazón de sus autores. En este primer poemario de Cami, los sentimientos brotan de forma natural, sin necesidad de florituras. Abre sus carnes y permite al lector entrar en el interior de pliegues y repliegues, los de una vida que se ha ido construyendo en la adversidad y, al mismo tiempo, en el profundo amor que ha recibido en el seno familiar. Su cultura es comunitaria, la tribu cuida a cada miembro con la fuerza de una pertenencia enraizada en la búsqueda del bien personal y colectivo.
Hijo del mar es el primer poema, en el que de manera súbita y testamentaria nos sumerge en una realidad trágica, la de quienes se han quedado en las profundidades del océano. Sus poemas nacen para la esperanza. No hay amargura, ni resquemor. Escribe como habla, con una pasión que conmueve y desgarra.
Su poesía es trascendente, íntima, con una carga emocional intensa. Libertad, justicia y humanidad son los tres ejes en los que se sustenta este poemario; permite entender que la igualdad es un bien necesario hoy y siempre. La lectura de este libro me ha permitido adentrarme en ese mundo de los sueños. Todos tenemos sueños. Quienes emigran buscan ese lugar que han idealizado. Sienten en lo más profundo de su ser la necesidad de llegar a La Tierra Prometida. En esa travesía viven sentimientos muy encontrados: el terror y el pánico ciego ante la posibilidad de perecer ahogados, y la esperanza indomable que contrarresta ese miedo. Al pisar tierra firme, al llegar al lugar soñado, el alivio eufórico y la gratitud explosionan, sus rostros, su cuerpo, su espíritu expresan una alegría inconmensurable. Esto dura poco, porque la realidad a la que se enfrentan es muy dura.
Primero viene el duelo y la culpa del superviviente, luego la incertidumbre y desilusión por una realidad en la que viven como ilegales, parias sociales, racismo, papeles..., un itinerario de obstáculos constantes a los que se enfrentan con valentía y perseverancia. Hasta conseguir la nacionalidad española y un trabajo digno viven una dureza extrema en el aspecto físico, material y, sobre todo, en el psicológico y emocional. Y todavía siguen sufriendo, se sienten en la obligación de enviar dinero a su país, muchas veces, a costa de malvivir y malcomer por ahorrar unos euros para su gente. Y siguen buscando la manera de traerse a sus hijos, a sus esposas...
Me gusta conversar con estas personas que proceden de países diversos, siento hacia ellos una profunda admiración, respeto y afecto. Viven en lucha constante, con sus recuerdos, alegrías, tristezas, sinsabores. Todo lo que sufren y gozan queda plasmado en sus rostros. Cuando me cuentan sus desventuras, observo sus rictus tensos, contenidos, su mirada perdida, ausente, sus labios entreabiertos y con dificultad para articular palabras que van apagándose; y seguidamente, antes de que me dé tiempo a condolerme, cambian la conversación hacia otras realidades más amables, y su sonrisa se explaya en alabanzas a la vida, a la gente, al Dios de su religión en el que creen con una fe inquebrantable.
Son personas, tienen dignidad, merecen respeto, tolerancia, comprensión y ayuda. Tienen nombre, yo los conozco: Ibrahima Kebé, Senegal, 28 años; Cheickna Diagouraga, Mali, 33 años; Lamine Sow, Senegal, 61 años; Aziz Sarr, Senegal, 63 años; Robert Thiaw, Senegal, 48 años; Ismael Diallo, Guinea, 31 años; Jilary Baki, Marruecos, 51 años; H. Kane, Senegal, 25 años; Ecaque Djata, Guinea, 62 años; David Djata Sambu, Guinea Bissau, 37 años.
Termino este artículo con varias estrofas elegidas entre varios poemas del libro citado: «Si pudiera/me iría a casa/antes de que papá falleciera/si pudiera. Soy la timidez y la osadía/la felicidad y la tristeza. Soy la versión viva/del deseo de todos/de todos los que descansan/en las profundidades del mar. Somos la esperanza/para nuestras familias/y para el barrio somos/luna llena de la noche/y sol brillante por el día».
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