No hay mal que por bien no venga. La decisión de la UEFA de prohibir la iluminación del Allianz Arena de Múnich con los colores de la bandera del colectivo LGTBI ha dado un salto. Ha pasado de ser una vergüenza a una oportunidad. Más, incluso. Ha convertido en causa común la defensa de los derechos de las personas homosexuales. Y ha sacado de su silencio, muchas veces cómplice, a algunas instituciones deportivas.

Todo empezó cuando la organización que representa al fútbol en Europa deniega la petición del alcalde de Múnich de vestir de arcoíris el estadio en el que se jugaba el Alemania-Hungría de la Eurocopa. Según la UEFA, son «una organización política y religiosamente neutral» y por eso prefieren no posicionarse.

Reivindicar a estas alturas que todos somos iguales parece una obviedad. Defender que todas las personas tenemos los mismos derechos, también. Pero, en realidad, no lo es. Conocemos el día a día en países donde se sigue lapidando mujeres y convirtiendo en delito el amor entre dos personas del mismo sexo. Es evidente que queda mucho camino por recorrer para que el colectivo LGTBI pueda vivir libremente, sin miedo, sin represalias. Y trabajar en esa dirección nos incumbe a todos. Igual que la violencia machista no es un problema de las mujeres, esta tampoco es una lucha exclusiva del colectivo. Aprovechar un acontecimiento deportivo que ven millones de personas como un partido de la Eurocopa para proclamar la tolerancia, el respeto y la solidaridad no es una acción política. Es un deber social. El fútbol no puede seguir al margen del mundo y sus cambios. Por mucho que se empeñen algunos, el fútbol en particular y el deporte en general son parte de la vida. Esa vida en la que la homosexualidad debe ser normalizada, en la que los deportistas que salen del armario deberían dejar de ser noticia y las bromas sobre la hombría tendrían que desterrarse.

Afortunadamente, la revuelta contra esta decisión de la UEFA ha sido generalizada. Clubes deportivos, futbolistas, gobiernos, muchas han sido las voces que se han alzado y han buscado alternativas. El Allianz Arena no se iluminó pero sí el resto de estadios de la Bundesliga. Y se ha hecho para recordar que países del continente como Hungría prohíben hablar de homosexualidad en los programas escolares o casarse a personas del mismo sexo.

El respect que la UEFA imprime en camisetas y proyecta antes de los partidos para promover su compromiso con la diversidad racial imagino que es extrapolable a los derechos del colectivo LGTBI. Sería deseable que el espectáculo, en el buen sentido, se quedara en el terreno de juego.