Ayer se cumplían cien años del nacimiento de Miguel Labordeta, el tío poeta que amaba el mar, a su familia y combatía la soledad y los ojos grises y violentos del franquismo componiendo versos que aullaban y se estrellaban en los rincones de la ciudad, a la que llamaba Zaragoza gusanera: «vuelo misterioso de subsuelos/ sorbo/ porque soy amargo hombre/ Ser de raíz. Melancolía asumo/ de aurora inexistente». Dicen que escribía siempre y el tiempo de las horas feas lo pintó con inventos como la Oficina Poética Internacional, que no era más que el deseo de estar en el mundo de los otros poetas que vivían a miles de kilómetros; a través de tertulias disparatadas y tiernas en el Café Niké o desmontando la ciudad con sus bromas de hombre solitario y roto.

Su poesía es él, evidencia sus demonios y sus fracasos y se hiere brutalmente con una guerra civil que le hizo comprender que la esperanza es un atroz fracaso que se entierra bajo balas y metralla. Yo lo recuerdo poco, diría que nada, pero hay un recuerdo que ha estado siempre ahí y que se ubica en el caserón de El Buen Pastor donde vivía mi abuela con los tíos Luis y Miguel y la fiel Teresa. Mi recuerdo es mudo; mi tío Miguel se encuentra a mitad del pasillo –aquel pasillo tenía una anchura de unos cuatro metros– y nos dice a mi hermana y a mí que nos acerquemos, nos lo indica con la mano, y del bolsillo de su chaqueta oscura saca unos caramelos de sugus de menta y nos los da como quien regala su alma y pide que la pongan a buen cobijo.

Nadie me puede decir si eso sucedió o no y sin embargo el recuerdo está ahí, suspendido en mi memoria y con el envoltorio blanco y verde de aquel sugus que sabía a rayos. Y recuerdo más cosas, pero esos recuerdos tienen el balanceo de las palabras de mi padre que nunca comprendió por qué Miguel se había ido tan pronto, dejándolos huérfanos y heridos en una ciudad que se les antojaba esclava y en ruinas.

De Miguel se hablaba, se hablaba poco, como si la pena de su adiós hubiera sellado los recuerdos y las palabras ya no fueran importantes. Mi abuela una vez me dijo: «Miguel se fue, quería irse» y no dijo nada más y siguió viendo la tela y comiendo bombones de licor y apurando la tarde de sábado en aquella casa en la que el espíritu de Miguel se podía acariciar: «No me busques más/ Me voy solo y sin nadie/ Agotado de luz. Tranquilo. Desesperado/ Ciego insumiso fijamente perplejo».