Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos como Blanche en 'Un tranvía llamado deseo', camino del psiquiátrico víctima de su propia ingenuidad. Aunque desde la infancia te inculcarán el miedo al extraño, no cojas nada de nadie en la calle, no hables con aquellos que no conoces y mirabas con desconfianza a todo aquello que no te resultará familiar, a medida que van pasando los años entiendes que el mal estaba más cerca. Estos días de mediados de julio que recuerdan lo peor de nuestra historia reciente, alzamiento nacional, lo llaman algunos cuando fue el penúltimo y más cruento paso del hundimiento , como el título de la película alemana que narra la caída del Tercer Reich, solo pienso en que gran parte de los crímenes, de las delaciones entre miembros de los frentes venían de parte de los vecinos o los familiares con cuentas pendientes que la guerra les vino bien porque lo que ellos realmente querían era ejecutar su odio engordado con el tiempo.

No solo hablo de la inacción frente al mal colectivo sino de los protagonistas del mal cotidiano, de esos de los que no te avisan cuando comienzas a tener uso de razón. Del acoso a un compañero de clase, en esa idílica arcadia vendida como infancia y en el que la burbuja de protección del aula explota. Del control y menosprecio de un novio adolescente que te hace comprender que el amor tiene poco que ver con las comedias románticas norteamericanas que tanto entretienen. De las experiencias adultas que te acercan a un mal inesperado del entorno más cercano terminando en la perplejidad de los viejos que en su mayor grado de fragilidad, de eso también conoce bien la maldad, son maltratados.

Reparar en el mal y divulgarlo es una forma de no negar la parte detestable de la existencia, y no esconder la mirada ante el sufrimiento o la injusticia porque no evita el problema. Pero yendo más allá es también el momento de pensar cuánto daño estaríamos dispuestos a infligir nosotros, qué cantidad de dolor u odio es necesario para entrar también en esa espiral no como víctimas sino como victimarios. El descubrimiento de que nadie está exento del mal como protagonista es una prevención en la que deberíamos de militar en estos tiempos de perturbaciones y laberintos. No sé si la voluntad es suficiente herramienta, aunque el ser humano es lo que es y elige ser a través de sus actos. Hay quien elige no hacer daño aunque tenga ese poder porque reconoce a los otros como seres que, como él, sienten, sufren. Pero hay otros que solo reparan en lo mejor para uno mismo sin tomar en consideración los efectos sobre los demás, y aquí comienza el desarme ante el mal.