Qué extraños están siendo estos Juegos Olímpicos. Sin público, con menos contacto del habitual, con una sensación rara en el ambiente... Pero a la vez, qué normales parecen. Ese gran despliegue que solo RTVE puede hacer, esas voces de siempre retransmitiendo disciplinas deportivas que parecen existir únicamente cada cuatro años, la satisfacción de batir récords...

Como todo en este último año y medio, los Juegos de Tokio no se libran de convertirse en una montaña rusa. Se celebran con un año de retraso, entre dudas de si tenían que haberse pospuesto de nuevo y con pocos deportistas al 100%. Mantenerse en la burbuja de la competición, ajenos a lo que está pasando fuera, no debe ser fácil.

Así que han llegado a esta cita con una mochila repleta. De ilusión, de capacidad de superación, de ganas de demostrar al mundo que pueden conseguir lo que se propongan. Pero también de nervios, de ansiedad, de miedo al fracaso, a la frustración, a la decepción. Pánico a no dar, en definitiva, lo que los demás esperan.

Y eso es lo que vimos en la final femenina de gimnasia artística por equipos. Estados Unidos llegaba como favorita gracias a la legendaria Simone Biles. A sus 24 años y 1,45 metros de altura ha deslumbrado al mundo haciendo cosas inverosímiles. Potente, veloz, fuerte, alegre, inconformista. En los Juegos de Río, en 2019, fue la gran triunfadora. Cuatro oros y un bronce. Ahora esperábamos verla estrenar fuera de América acrobacias inalcanzables para casi todos los mortales a más de dos metros y medio del suelo.

Pero Biles salió, saltó, pensó y renunció. No hizo su mejor actuación y obtuvo una mala puntuación para lo que ella está acostumbrada. Eso le provocó un cortocircuito interior que le llevó a retirarse. Tras un sospechoso silencio y un intento inicial de simular una lesión, llegó la verdadera razón. Presión y estrés.

«Ha sido una semana larga, un ciclo olímpico largo. Deberíamos estar ahí fuera disfrutando y no es el caso. Pensé que debía dar un paso al lado por mi salud mental». Estas palabras salieron de su propia boca. Sincera, honesta, valiente. La superheroína es de carne y hueso. Y no lo escondió. Estuvo junto a sus compañeras mientras el equipo competía en medio del desconcierto. Dio una rueda de prensa y explicó lo que había sentido al final. Normalizó lo que le ocurrió.

Hay situaciones que te paralizan. Te contrarían. Y no estamos ni educados ni preparados para responder. Ella hizo lo que pudo sin medir las repercusiones. Se olvidó de las críticas, de la incomprensión que podía generar su comportamiento. Es humana, imperfecta, como todos. Y, además, extraordinaria. Porque no todos habrían actuado de la misma manera. Bravo, Simone.