Una pareja de chicos en Barcelona, otra en Bilbao, en Valencia, en Madrid. Otro joven en Basauri. Todos, agredidos por ser homosexuales. En el caso de Samuel, de A Coruña, hasta la muerte. En otras ocasiones las víctimas lo son por el mero hecho de ser extranjeros como Alexandru, de origen rumano y vecino de Amorebieta, que se debate entre la vida y la muerte después de sufrir el ataque descarnado de una jauría de más de diez hombres que le acorralaron y le apalearon.

Los últimos meses están siendo especialmente trágicos. Patadas, palos, botellas, todo les vale a esos animales que salen hambrientos en busca de presa. En manada, claro. Solos, ninguno. Es incomprensible que una persona intente arrebatarle la vida a otra por ser gay, trans o extranjero. Pero sucede y, a juzgar por las cifras oficiales, más que en años anteriores.

El Ministerio del Interior apuntaba hace unos días el aumento de delitos de odio en España. En el primer semestre de 2021, la Policía recibió 610 denuncias, un 9,3% más que en el mismo periodo del año anterior, cuando no había restricciones de movilidad y a falta de incorporar los datos de policías autonómicas y locales. Y con una preocupación añadida: solo una de cada diez víctimas decide denunciar.

La Agencia para los Derechos Fundamentales de la UE también lo tiene claro. Pocas acuden a la Policía. El miedo o la desconfianza de quienes les van a escuchar les hacen dejarlo pasar. Y esta impresión hay que cambiarla. Toda vulneración de derechos hay que denunciarla. La sensación para muchas de las víctimas será que no sirve para nada pero, desde luego, lo que no resulta útil para nadie es 'olvidar' el tema. Ni queremos ni debemos.

Ni un solo caso de violencia racista, xenófoba, homófoba o de género debería quedar impune. Ni de ningún otro tipo. Ahí sí debemos ser intolerantes. La sociedad avanza en derechos, en visibilidad, en normalización, en igualdad. Solo faltaría que por cada paso adelante de la colectividad unos pocos decidieran ralentizar el ritmo a base de odio. Este sentimiento hay que combatirlo con educación y pedagogía. Y también, dicho sea de paso, marginando a aquellos que amparan ese tipo de discursos.

Recientemente, el cantante del grupo Imagine Dragons pedía perdón al colectivo LGTBIQ+ por algunos de sus comportamientos en su época de juventud cuando creía que la homosexualidad era un pecado. «Lo siento de corazón. Ojalá pudiera llamar a todas esas puertas para decirles a esas personas que me equivoqué», ha dicho Dan Reynolds. No podrá hacerlo pero todos habrán agradecido sus palabras. Rectificar también es avanzar porque consigue cortar la transmisión del odio. Y, visto lo visto, hace mucha falta.