Oímos ya tambores de presupuestos. Gastos, ingresos, fondos europeos. Reuniones, negociaciones, pactos. Empezamos a leer sobre peticiones, líneas rojas, compromisos de legislatura. Más problemas en los gobiernos donde confluyen varios socios. Menos, en los monocolor que, por otro lado, escasean.

Los distintos niveles de la Administración mueven cifras. De un capítulo a otro. No pierden de vista el horizonte electoral, cada una el suyo, y los objetivos a lograr para llegar a esa cita con los deberes hechos o, por lo menos, los que creen les beneficiarán más para presentarse a la ciudadanía con avales.

A la vez pisan el acelerador con la tramitación y posterior aprobación de leyes anunciadas en campaña. Por las mismas razones. Cumplir con lo prometido y, de paso, tener argumentos de los que presumir en los días clave. Ahora que dejamos atrás esta pandemia que va ya para dos años y llega dinero de la Unión Europea a espuertas, se abrirá la ventana de las oportunidades. Habrá que contrarrestar la crisis económica que se avecina pero esta vez, a diferencia de la de 2007, Bruselas sacará la chequera, no las esposas.

Hasta aquí nada fuera de lo habitual. Salvo una cosa. De todo lo escuchado, visto y leído sobre cuentas estas semanas, poco he encontrado de los compromisos con la ciencia. Acuérdense, aquel sector del que dependía nuestro futuro. Aquellos profesionales a los que acribillábamos a preguntas en busca de respuestas. Los investigadores que trabajaban sin descanso para hallar una vacuna que salvara al planeta del caos. Los mismos que nos contaban las inestables condiciones laborales que sufren y que el dinero inyectado en proyectos no es un gasto sino una inversión.

Todo nos pareció bien. Nos acercaron a su mundo. Conocimos su realidad. Entendimos de tipos de virus y vacunas, de pruebas que detectan el coronavirus, de epis, de cuarentenas, de plazos de incubación, de síntomas, de fases de ensayos clínicos.

A todos, ciudadanos y políticos, nos convencieron sus explicaciones, compartimos la necesidad de prestar más atención y recursos a la ciencia, igual que a sanidad. Se suele decir que no es lo mismo contarlo que vivirlo. Y ahí convergimos.

Imagino que nada de eso caerá en saco roto ahora que hay que pasar de las palabras a los hechos. Ahora, que toca seguir investigando sobre causas, consecuencias, tratamientos efectivos, relación con otras patologías. Los profesionales nos advirtieron: el problema de invertir en ciencia es que el resultado no se obtiene a corto plazo y, por tanto, resulta complicado sacar pecho de algo concreto cada cuatro años. Me resisto a pensar que la memoria de nuestros gobernantes sea tan ligera. Ni su ética tan liviana.