Aunque pensamos en volver al final nunca volvemos. Porque el lugar al que queremos volver ya no es el mismo y nosotros somos muy diferentes a aquella persona que un día pisó esa habitación de hotel, vislumbró una hermosa bahía y rezó para que las horas se detuvieran en aquella mañana de octubre que era cálida y encerraba los sentimientos del adiós, que sí perduran, incluso más que las ganas de volver, aunque a veces no sepamos a dónde ni cuándo y eso nos haga desgraciados, porque entendemos que en la soledad de la pandemia hemos perdido hasta el intenso deseo de un abrazo. Nos cuesta volver, porque volver significa enmarcar lugares y cosas que fueron importantes y por eso desistimos y dirigimos nuestros pasos hacia un lugar en el que nunca estuvimos y al que no tendremos que volver y si hay que hacerlo lo desnudaremos de recuerdos para que todo sea mucho más llevadero y no guarde pesos ni posos y nos permita envejecer suavemente con la cabeza entre dulces delirios sobre si algún día volvimos o simplemente nunca nos fuimos.

Y mientras ando en esta disyuntiva de si realmente volvemos alguna vez a algún lugar o simplemente no había que volver porque no nos habíamos ido, percibo que la pandemia se ha convertido en un rescoldo que asalta los informativos entre noticias positivas acerca de la vacunación y la mejora en el número de contagios y muertes, e imágenes de miles y miles de personas concienciadas en una única cosa: beber, beber y beber y en el delirio más insoportable del alcohol: dañar, dañar y dañar. Alrededor de estas últimas imágenes se está generando un debate que tiene que ir más allá de si esos muchachos tienen o no derecho a hacer un botellón, dejar la ciudad echa mierda y golpear como vulgares matones al primero que los mire con una mirada que ellos solo premian a hostias. No, no lo tienen, pero con ese «no lo tienen» nada estamos haciendo, porque ellos se agarran a ese tiempo en que su libertad de movimiento fue vetada y como son jóvenes y hermosos tienen derecho a que se enciendan todas las alarmas y se les disculpe e incluso se les aplauda porque no hacen nada: solo volver al tiempo de la diversión que ya existía y que todos reconocíamos.

El botellón no es nada nuevo, ni la violencia que se suscita en el interior de determinadas personas que se lo han bebido y metido todo y que solo quieren seguir con la fiesta al precio que sea. Por eso el debate no debe quedar en si los botellones son una respuesta directa a la pandemia, porque si nos agarramos a eso no habremos querido ver nada más y habremos pasado por alto las cosas importantes que tienen que ver con la educación, la responsabilidad, la convivencia, la solidaridad, la cordura y tantas y tantas formas de ser y vivir que hemos tirado por el retrete con la intención de que nunca vuelvan. Eso sí es peligroso y ante eso todos somos responsables.