La Ley de eutanasia, aprobada recientemente en Aragón, evitará dolor y sobre todo ayudará a marchase en paz y dignamente a todas aquellas personas que, debido a sus enfermadas terminales o crónicas, tomen esa decisión en plena libertad. No es una decisión fácil, pero sí valiente y debe contar con el respeto y la admiración, porque sin duda lo más duro y desolador para esos enfermos es escuchar cómo un doctor dibuja el final de sus días, mientras ellos recuerdan cosas inverosímiles como los juguetes de su infancia o las manos de sus madres acariciando la colcha bajo la que sudaron sus primeras décimas de fiebre.

Aragón es una de las pioneras en dar luz verde a una Ley de eutanasia, es decir el derecho a una muerte digna y en paz, para que aquellos enfermos, conscientes de que lo que viene no es más que un infierno de goteros, dolor y castigo, puedan solicitarla, para que les sea concedida y así se despidan de los suyos sin el tormento que deja la enfermedad en su estado final cuando arañas sus ojos y se refleja en las pesadillas de quienes los acompañaron en esos últimos días sin palabras, donde todo parece un mal dormir y es como si el universo fuera un invento ridículo y lleno de malformaciones.

Es necesario aprender a morir dignamente, porque es la forma de decirle a la vida cuánto la queremos y cuánto la vamos a echar de menos y aunque resulte casi perverso que durante tres décadas haya sido imposible que España tuviera una norma que regulara la eutanasia, por fin llegó y debo decir que me sosiega que Aragón cuente con ella y que espero que el papeleo y los tribunales no pesen más que la decisión de un enfermo terminal de pedir que le ayuden a morir en paz y con dignidad.

"Espero que el papeleo y los tribunales no pesen más que la decisión de un enfermo terminal de pedir que le ayuden a morir en paz y con dignidad"

No hay mayor gratitud ni valentía que permanecer al lado de una persona que se despide de la vida por decisión propia y que en su pequeño ritual se irá tranquila, sabiendo de esos ángeles que respetaron y nunca juzgaron y que siempre ayudaron, con sonrisas tras mascarillas, a borrar la parte más desalentadora de los peores presagios. Esas personas darán las gracias en ese instante que precede al sueño y ellas, sus ángeles, se quedarán calladas durante unos segundos, doloridas quizá, pero sabedoras de haber permitido que la vida sea mucho más hermosa al haber facilitado que se marchen en paz y con dignidad, antes de que todo el sufrimiento y el horror se apodere de los recuerdos más hermosos, y en ese instante todos comprenderán que lo importantes no es alargar la vida, sino ensancharla con las personas a las que amas, a las que das las gracias, a las que un día te dejaron en mitad del camino y sobre las que ahora vuelves, mientras vuelas, para pedir perdón.

Una habitación se cerrará, habrá alguna lágrima y por encima de toda la gratitud de una persona que ya no está, pero de la que difícilmente se olvidará su sonrisa, la tristeza, sus ojeras y su amor por la vida.