Esa es la propiedad que me hace continuar otro día más, esa es la impresión probablemente injusta de cómo se están resolviendo los asuntos públicos. El nuevo aislamiento, el frío o el miedo al contagio que reduce al mínimo la socialización a no ser por motivos productivos vuelven a replegarnos hacia el interior en un penúltimo movimiento que no esperábamos.

Mirar la vida desde la ventana, observando cómo los otros también entran y salen en un movimiento coordinado, pero en un baile decadente. Estamos entre un dejar transcurrir las semanas esperando que la próxima primavera sea la definitiva o que una fuerza exterior nos impulse de nuevo a un cambio de ritmo. Pero todo externo a nosotros, seguimos pegados al cristal con el empuje solo de la cotidianidad y rebuscándonos el entusiasmo que un día conocimos.

El agotamiento de los trabajadores sanitarios y su desesperanza es el horizonte en el que nos reflejamos cada mañana, y ya no caben solo palabras alentadoras o reconocimientos públicos. El mundo de celofán más que adhesiones despierta enfados, extensibles al sector educativo y al resto de servicios públicos. Agotados pero todavía en movimiento, esa es la única buena noticia, la resistencia, pero ¿hasta cuándo? Nos hemos vuelto una sociedad grave, los dos últimos años no nos han dejado mucha opción y por eso las extravagancias políticas o incluso las frivolidades no son bien entendidas. Los abrazos a ovejas, las fotos en bicicletas eléctricas o en motos de alta cilindrada, las risas sobre las cañas y los ex no tienen cabida ahora. La campaña electoral en Castilla y León igual que lo fue en el País Vasco, Galicia y Cataluña estará desleída por mucho empuje que se le quiera dar desde los partidos. Romper la inercia de una gestión sanitaria y de crisis por cálculos personalistas se debe explicar muy bien a la ciudadanía a la que los espectáculos de luz y color con las cosas de comer no les despistan.

La privación continua, ni que sea de contactos, produce una lenta metamorfosis que no sabremos en qué se resolverá, esperemos que lo más alejada posible a la de Gregorio Samsa. Mientras seguimos esperando en este paréntesis solo sobresaltado por alguna nueva mala noticia, sea en forma de variante vírica o de restricciones de servicio, mantengamos la férrea disciplina del autocontrol. La sensación de que alguna espita se pueda abrir por un margen mientras el resto seguimos en la ventana añade a la inercia, inquietud. Con esto jugamos y habrá que esperar que pase pronto, como recuerdan los pésames en los funerales o confabularse para que pase algo entre nosotros mismos.