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El Periódico de Aragón

Ángela Labordeta

El triángulo

Ángela Labordeta

¡Madre, madre; he pecado!

Me imagino sentada en una hamaca, escuchando el sonido de las olas rompiendo en la orilla, cuando un rayo de frío helado recorre el tendón anterior de mi antebrazo. No sé por qué pienso que es el tendón anterior, pero pienso que algo hay que pensar cuando todo queda sujeto al singular paso del tiempo entre sábanas y libros que continúan invariables en la estantería esperando a ser leídos, aún a sabiendas de que nunca nadie volverá a leerlos.

La televisión permanece apagada, al igual que el teléfono móvil y todos los recuerdos están desgastados y no tienen cerebro ni sentimientos. Así se vive mejor: ser como una nevera que mantiene la temperatura y la vida de los alimentos sin sufrir ni padecer, sin sentir que todo es alquimia que se esfumó el día que asesinaron nuestra tierna edad de tiza escolar de pizarras verdes y mesas de a dos ordenadas en líneas paralelas, donde no había más revés que un uniforme desajustado, un signo de puntuación fuera de sitio y el temor de conjugar imperfecto el futuro perfecto del verbo amar.

En algún lugar del edificio un viejo grita: «¡Madre, madre; he pecado!»; lo grita de forma reiterada y sus gritos en lugar de inspirar compasión son insufribles y deseas que alguien haga algo para que esos gritos de hombre abandonado en vida y sin esperanza cesen, pero nadie hace nada, porque nada se puede hacer y el viejo vuelve a gritar: «¡Madre, madre; he pecado!». Dicen que perdió la cabeza, que es mucho más tierno que decir que está demenciado y más benévolo que señalar con dedo acusatorio su locura sin retorno.

Todas las ventanas están abiertas y los gritos siguen retumbando en todo el edificio, que es modesto y de ladrillo rojo, hasta que alguien aúlla: «Que se calle; que lo callen», como si fuera así de fácil, como si porque algo no nos guste pudiéramos cambiarlo o modificar su esfera de puntos crueles y desafiantes. Huele a quemado, quizá el hombre demenciado arda en el infierno por haber pecado sin alcanzar el perdón de su madre, o quizá el aroma simplemente provenga de una barbacoa que es la metáfora más barata del perfecto fin de semana de los pobres de corazón y bolsillo. El humo es largo y caluroso, como la siesta de los niños que todavía son bebés en ese edificio donde el viejo demenciado sigue esperando a que su madre regrese y le perdone, sin entender que ella se marchó hace años sin explicarle que nunca lo culpó de nada y que por eso cualquier perdón es innecesario, pero eso no lo sabe nadie, ni ella ni él, y si alguien lo sabe es insignificante, porque tarde o temprano lo olvidará mecido en una vida que se estrella contra la puerta de nuestra propia casa.

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