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El Periódico de Aragón

Ángela Labordeta

La excepción de la regla

En estos días resulta excesivamente fácil informarse y desinformarse casi al mismo tiempo y con la misma y nula intensidad y así afirmar, sin que uno se despeine ni sienta asco de sí mismo, que todas las mujeres que reglan, insisto en la palabra «todas», van a pedir bajas laborales sin padecer ningún tipo de dolor ni reparo y entonces qué será del país y de los pobres y esforzados empresarios. Y a una le dan ganas de decir, al escuchar semejante sarta de estupideces: «¡Váyase usted a la mierda!» Sí, así de simple, certero y directo: «¡Váyase usted a la mierda!».

La mujer ha sido, a lo largo de la historia, difamada, maltratada, insultada, ocultada, expedientada, quemada, infravalorada, golpeada…, y todo eso lo ha sufrido por ser mujer. Y por ser mujer, desde sus doce o trece años, se ve acompañada mensualmente por un proceso doloroso y sangrante que denominamos regla y que se produce porque el óvulo, preparado para ser fecundado, no lo ha sido y se desprende en una cascada ruidosa y desafiante que infunde soledad y despiadadamente algo parecido al pecado, como si fuéramos culpables y en «esos días» el mundo quedara detenido y tú a su merced y no pudieras ni bañarte, ni soñar, ni ponerte al sol, ni preparar una mahonesa y mucho menos mirar a un chico porque «desprendes olor y vicio».

Ninguna mujer olvida la primera vez que la sangre mancha sus bragas o su camisón de niña y todas, sin excepción, sentimos vergüenza y sabemos que se inicia otro tiempo que estará marcado por frases y miradas irritantes que solo valorarán tus cambios de humor o irritabilidad por tener que convivir cinco o seis días al mes con una comprensa húmeda de sangre entre tus muslos o un tampón en el interior de tu vagina. Y a eso se suma, no siempre, el dolor por la inflamación de los ovarios, dolor que en ocasiones produce vómitos e incluso desmayos, pero qué es eso sino un proceso natural, tan natural como la muerte, diría yo, y sin embargo nada más que unos pocos se atreven a abrazar a la muerte de forma voluntaria, mientras el resto huimos buscando otra casilla de entrada que sea la recepción de la vida.

Las bajas laborales constituyen un elemento significativo y decisivo del Estado del bienestar en el que todos aspiramos a convivir y educarnos para respetarlo y de esta forma contar con su protección, pero ¿qué sucede cuándo se intenta legislar sobre un proceso fisiológico y doloroso que solo afecta a las mujeres?

El ruido y el desprecio aparecen en sus manifestaciones más primitivas y entonces saltan todas las alarmas y todos los grandes dominadores las maldicen y acusan, porque resultaba más cómodo vivir en la desigualdad de esa excepción llamada regla.

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