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El Periódico de Aragón

Ángela Labordeta

El triángulo

Ángela Labordeta

Matar al padre

Doblemente armados llegan a veces los padres y lo hacen en su doble condición de padres e hijos, y en su plastificada sabiduría de creer que lo que hacen es siempre lo correcto, lo hacen, aunque ese acto sea gratuito y bochornoso para el hijo que espera silencioso en palacio.

No hay lemas para un padre engreído, ni leyes, solo el recuerdo de lo que un día fue, cuando las cosas eran de otra manera y él disimulaba ser lo que no era en una actitud cómplice, de cercanía y saludo expresivo. «Todo es lo que parece», le dice el padre al hijo cuando este tiene nueve años y el hijo sin comprender bien afirma con los ojos, que no con la cabeza, y se queda absorto mirando la letra del padre sobre documentos oficiales y piensa que un día, cuando él sea padre, querrá ser como el suyo y sabrá, cuando ponga su rúbrica en un documento oficial, que ha llegado el momento de decirle a su hijo que todo es lo que parece.

Pasan los 10 años, los 11, los 12 y la adolescencia persigue al hijo huyendo de los pasillos de palacio y buscando en las faldas más glamurosas el aroma de todos los amores, hasta que el padre, que ya es más rey que padre, levanta su mano mientras el hijo explica torpemente que quiere ser libre y feliz y como sus amigos devorar la vida a lametazos y sin tregua. Pobre muchacho heredero que no tiene padre, solo rey, porque el padre se suicidó el día que aceptó que todo es lo que parece, aunque realmente nada sea lo que es, porque su cargo de rey, que no de padre, le permite ser y hacer a sus anchas en camisas sin costuras y trajes de doble fondo.

No hay padre para el hijo, pero sí hijo para el padre que contempla con resignación cómo el hombre que poseía todas las respuestas, es ahora el centro de todas las preguntas por embustero, bribón y ladrón, y el hijo siente como si mil alfileres se clavaran en su corazón y, sin anestesia y con dolor, se los va arrancando uno tras otro hasta que no queda ni recuerdo del padre que le ha mentido y subido a su corona real se ha burlado de todo lo que un día le dijo que eran las cosas importantes.

Ya no queda padre, advierte el hijo, que destruye una a una las fotografías de su infancia hasta quedar huérfano y solo y descubre que la soledad es el invernadero más soleado y cálido de la ciudad y él se piensa la rosa más delicada y bella y en sueños de acacias desmayadas mata al padre, que es el sinónimo de todas las cosas que él no será, eso piensa el hijo, que olvida por un instante que será padre y doblemente armado en su condición de hijo y padre traicionará a su hijo que verá en él a un hombre poseído de razones, egoísta y fundamentalmente viejo.

Quizá entonces el hijo sienta compasión por el padre y se pregunte: ¿quién es el hijo? ¿quién el padre?

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