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El Periódico de Aragón

Ángela Labordeta

El triángulo

Ángela Labordeta

Ignorantes

No vivimos en el tiempo de las buenas noticias, aunque quizá ese tiempo nunca existió, solo el eufemismo de que cualquier tiempo pasado fue mejor. En estos días vivimos asolados por noticias que nos dejan helados, reumáticos, sin esperanza y devorándonos en nuestra propia carne de cañón, al saber que la guerra que creíamos lejana y sin rostro es una evidencia que congela nuestras economías y diezma nuestras esperanzas sobre un futuro próspero y de confianza. El covid, en sus múltiples variantes, también sigue al acecho y no hay reina ni príncipe que se salve y entre tanto la bolsa de la compra sube y sube y el país se seca y seca en un verano sin agua, donde la gente quiere vivir y reírse y comer y pensar que el final de la pesadilla está próximo y se escribirá en un año que acabe en tres o en cuatro, porque cada día que soñamos con el nuevo año lo vestimos de lindas promesas, ya que ese sueño, al ser nuestro sueño, está vacío de guerras, enfermedades, pobreza o ruina.

A veces da miedo abrir la persiana cuando el día amanece y es más reconfortante quedarse al calor de las sábanas húmedas y cálidas, ese lugar único en el que sí somos capaces de contarnos los secretos que a nadie desvelamos, ni siquiera a nosotros mismos cuando saltamos obedientes hacia la ducha y ordenamos las cosas cotidianas para que no sean algo ingobernable y destructivo. Vivimos en comunidad, eso nos dicen, pero nos ignoramos y cada día con más ahínco hacemos por no saber qué sucede en el piso de abajo, para así alejarnos de las cosas que no entendemos o de las personas a las que no estamos obligadas a querer, porque de esa forma vivir resulta algo menos doloroso.

No hay lemas ni estribillos a los que aferrarnos cuando las voces tiemblan y se estremecen, porque ya no hay rimas sobre la encimera de la cocina donde tú sueles detener el tiempo que yo malgasto, ignorando que el color descafeinado de las nubes nos desvela que todo puede ir mucho peor y aunque seamos inconscientemente conscientes de ello, siempre buscamos en el pliegue de nuestros recuerdos un olor o un sabor que nos salve de todo lo que ruidosamente se acaba haciendo insoportable a base de titulares hirientes en unas vidas que hemos construido entre la basura que a lo largo de siglos y siglos se ha ido depositando sobre nuestras almas inmortales en cuerpos de frágiles mortales.

Dicen que es tarde, siempre es tarde para casi todo, sobre todo cuando la quietud es una constante en desuso y corremos sin saber qué meta queremos alcanzar, sin entender que la vida en sí misma ya es una meta y nosotros ese eslabón que se pierde en el último mes de cada año.

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